Eterno viajero

Hace unos días, y por recomendación de una amiga cordobesa que me lo alcanzó a través de Facebook, leí una nota en un blog que se llamaba: “Volver A Casa Después De Vivir En Otro País No Es Tan Fácil Como Parece”. El título, largo por demás, me hizo pensar. No sabía si animarme o no a leer esa nota que parecía tener una respuesta a un problema que vengo arrastrando hace tiempo. Quizás no una respuesta, pero un entendimiento lógico a todo eso que me pasa y que no le encuentro solución -si es que la tiene.

Lo leí. Una vez. Dos veces… Tres. Lo releí para intentar entender si eso que decía en ese blog sobre el volver a casa después de un tiempo era real, si tenía algún tipo de sentido en mi cabeza. Después de darle una y otra vez, me encontré casi sin excusa y obligado a escupir estas palabras frente a la computadora para contar mi verdad. Mi verdad sobre lo que significa “volver a casa” después de un largo tiempo. Mi verdad sobre lo que para mí fue volver a encontrarme con lo que muchos llaman “realidad”.

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Chau India, gracias por todo (o, cómo carajo salió Argentina?!)

Las astas del ventilador dan vueltas, vueltas y vueltas. Pasaron algunas horas desde que lo miré por última vez con la claridad que lo veo ahora, pero podrían haber pasado años, vidas. El viento que me eriza la piel ahora llega frío, casi helado. Me destempla y me aísla completamente  en un microclima que existe sólo en mi cuarto. Afuera sólo corre un calor húmedo, áspero y pegajoso. Pero acá, gracias al aire acondicionado, puedo sentirme a salvo. Y digo gracias porque conseguir un aire acondicionado en un hotel de India por sólo 400 rupias es casi un milagro. Y es la primera vez que ese milagro se materializa en todo mi viaje por este país. Y, vale decir, que con 49° de sensación térmica todos los días uno aprecia y disfruta esa comodidad como si fuera única. Como si la vida dependiese de ese aparato ruidoso que revuelve viento helado una y otra vez. Constantemente, sin parar siquiera para descansar, y logrando así crear un oasis dentro del infierno terrenal que pueden ser las calles de Varanasi.

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La difícil tarea de decirle no a lo que siempre quisiste

Creo que cualquiera que viaja, y que lo hace solo durante mucho tiempo, sueña con encontrar a esa persona algo “especial” que lo acompañe y se sume a su ruta. Esa compañera –o compañero para algunos…- que disfrute del camino tanto como uno. Que cargue su mochila lado a lado con una sonrisa y buscando las mismas aventuras. Esa persona perfecta que no se queja ni reprocha nada. Solo disfruta estar al lado tuyo…

Cuando yo empecé este viaje, cuando decidí tomarme un avión si un rumbo muy fijo y sin mucha idea de lo que iba a pasar, tenía muy pocas cosas dando vuelta por mi cabeza. Muy pocas seguridades sobre lo que iba a hacer. Pero había una que aparecía todo el tiempo; y no sé si por su perseverancia o porque realmente me gustaba, pero se transformaba poco a poco en uno de mis mayores objetivos: conseguir una compañera de viaje. No una novia. Tampoco una amiga. Una compañera. Una persona para compartir parte de lo que me iba pasando. Disfrutar juntos sin esperar mucho del otro ni exigir nada de esa relación. Algo difícil de encontrar, tal vez utópico en un principio, pero no imposible…

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Con hermanos es mejor

De alguna manera y después de tantos meses le había agarrado el gusto a viajar solo. Estar solo. Fueron muchos días, horas, minutos y segundos de vivir dentro de mi enorme egoísmo, sólo para mí, con la única preocupación de contentar mi ego y sin depender de otro. Me había acostumbrado y había logrado sin darme cuenta aprovechar al máximo esa soledad que me rodeaba.

Era muy fácil: cuando quería estar solo; me aislaba de todo, buscaba un lugar alejado donde nada ni nadie pudiera molestarme y me hundía en un profundo y cálido autoconocimiento. Vivía para contentarme. Sólo eso importaba. Pero cuando la soledad atacaba mis entrañas y un sentimiento parecido al de extrañar empezaba a merodear y molestar mi felicidad, me refugiaba en un hostel lleno de personas y buscaba un compañero/a de viaje. Quizás algo descartable. Por unos días, unas semanas. Alguien que quizás nunca más volvería a ver. Una oreja que me escuche de tanto en tanto, una sonrisa para compartir alegrías, unos brazos para un abrazo e infinitas ganas de compartir una cerveza. Sólo eso. No era mucho pero bastaba y me daba las fuerzas para volver a mi faceta ermitaña con muchas más energías.

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El día que casi, casi, casi me hago millonario en Camboya

Esa mañana me levanté muy temprano. River jugaba la primera final de la Copa Sudamericana contra Atlético Nacional en Colombia, y por culpa de la gran diferencia horaria tuve que despertarme a las 6:30 hs. de la mañana. Por suerte el resultado, aunque parecía que podría haber sido una catástrofe, terminó siendo bastante positivo para mi equipo. Ese empate uno a uno de visitante dejó una sensación extraña, medio rara en mí.

Por algún motivo, no sabría explicar cuál pero podría atribuírselo a ese “tremendo” gol de Pisculichi, me sentía algo afortunado. Con suerte, digamos. Así que después de un largo chapuzón en la pileta de mi hostel –en lugares como Camboya por 5 dólares se puede vivir como un rey-, decidí aventurarme y salí a recorrer las calles de Phnom Penh, la capital del país, con la esperanza de encontrar una nueva experiencia asiática.

Me habían hablado mucho de Phnom Penh: es de una de las ciudades más importantes del sudeste asiático, la más grande de todo Camboya, y entre otras cosas alberga el museo del genocidio camboyano que según me habían dicho era algo impactante. También los famosos “killing fields”, los campos de la muerte donde algunos “turistas” disfrutan disparar una ametralladora AK 47 por primera vez –por cierto, una de las cosas más estúpidas e innecesarias que vi en mi vida. Y por supuesto también está repleto de templos, grandes mercados y una linda vida nocturna que estaba dispuesto a disfrutar.

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Cosas que me van pasando mientras le intento dar la vuelta al mundo