El abrazo eterno de tres desconocidos

El avión de Jetstar vuela por un cielo despejado vaya uno a saber sobre qué porción de tierra o sobre qué pedazo de mar del oeste asiático. Mi próximo destino es Tokio. Quién lo hubiera pensado, hace dos meses y medio estaba tirado en mi cama en Buenos Aires, buscándole un sentido a mi vida e intentando entender los confusos misterios de mi cabeza que me habían llevado a planear un viaje utópico con pocos billetes en el bolsillo y de tiempo indeterminado. Ahora estoy a un paso de Japón, uno de los lugares que siempre quise conocer, pisar y respirar. A un paso de la tierra de los samuráis, el sushi, el sumo, los tatuajes con tebori, los karaokes y el futuro. Mi cabeza igual no puede dejar de pensar en ese abrazo. Ese enorme abrazo entre tres personas que hasta ayer eran tres desconocidos y hoy son parte de una familia. Una extraña familia unida por la soledad y la distancia, la comida barata y las eternas charlas en tres idiomas diferentes. Una extraña familia unida por un circo del que nunca pensé formar parte y que hoy descansa feliz en mi memoria como un recuerdo imborrable de mi vida. Un lugar que odié y amé de la misma manera, y que me dio un mes y medio de anécdotas, historias y personas. Pero no me quiero ir de tema…

Mientras el avión vuela, en mis auriculares suena Stubborn Love de The Lumineers, la canción que cantamos los tres varias horas a los gritos en un auto que nos sirvió de casa por cuatro días seguidos. Mi cabeza vuelve a pensar en ese eterno abrazo de tres desconocidos prometiéndose volverse a ver en algún lugar del mundo: quizás en el sur de Tailandia para disfrutar de sus paradisíacas playas, en un nuevo circo en alguna ciudad australiana, comiendo pastas en Italia o disfrutando de un rico fernet en Buenos Aires. No hay ningún tipo de plan, sólo una promesa que puede desvanecerse en un segundo. Pero en ese momento nada importa, sólo fantasear con ese próximo encuentro de la familia.

Nos encontramos de casualidad, aunque quizás para algunos fuera el destino el que se encargó de cruzarnos. Los tres habíamos llegado a Australia a trabajar, pero cada uno con un objetivo distinto. Los tres habíamos dejado nuestras vidas en casa para empezar una nueva del otro lado del mundo, y ahí estábamos, trabajando en una especie de circo itinerante que viajaba por el sur australiano divirtiendo familias y formando nuevas como la nuestra.

Cuando vi a Alessandro por primera vez sentí una especie de electricidad en su cuerpo. Una hiperactividad un tanto molesta pero contagiosa. Ese tipo de energía que vista desde afuera parece insoportable pero una vez que te toca se vuelve adictiva. Y él se encargó de contagiármela desde un principio. Desde el primer momento en que compartimos nuestro trabajo en el circo. Teníamos que mover unas pelotas inflables adentro de una pileta durante más de diez horas, y aunque se trataba del trabajo más monótono y aburrido del mundo, nos servía para juntar plata y hacer buenos amigos. El tiempo nos servía para hablar de todo: familia, amigos, países, viajes, fútbol, mujeres… Siempre había una buena excusa para hacer pasar el tiempo más rápido y lograr pasar esas diez horas como si sólo fueran minutos.

Esas charlas me mostraron a Alessandro, un italiano de treinta años oriundo de Milán que creció en un pueblo llamado Trezzano y que nunca se sintió cómodo en un solo lugar. Viajó por todo el mundo, conoció personas de todas las nacionalidades y trabajó de todo lo que uno pueda imaginar con tal de seguir viajando. Tiene anécdotas de todos los colores y tamaños, como el mes y medio que vivió en Barcelona adentro de un auto con una ex novia y un perro. Se enamoró y desenamoró una veintena de veces y poco a poco empieza a desconfiar del amor, aunque en alguna de nuestras charlas me confesó que sigue buscando a esa compañera de viaje que lo siga en sus locuras y con la que pueda generar esa relación inseparable que lo lleve a sentar cabeza. Pero todavía no la encuentra…

Para él pueden ser las 7 de la mañana antes de ir a trabajar o las 12 de la noche después de mover pelotas todo el día en el circo, pero su electricidad lo obliga a esbozar una sonrisa inmensa y hacerte reír. Contagiarte de esa energía que vagabundea por su cuerpo constantemente intentando escaparse para conocer nuevas personas. Se ríe con los dientes para afuera y busca en mí una mirada cómplice para hacer una de sus locuras: hoy puede ser llenarnos la cara de helado de McDonald’s y darle besos a todas las chicas del hostel o desafinar en un tren a todo volumen una canción de Eros Ramazzoti. Yo lo sigo ciegamente, no importa cuál sea su próxima loca idea, disfruto segundo a segundo de su compañía.

Andrea es justamente todo lo contrario: estructurado, centrado, lógico… No busca enloquecerse en su vida –aunque la energía de Alessandro lo contagia y lo obliga a desenterrar esa vergüenza que lo envuelve. Puede pasarse horas hablando de fútbol y se acuerda de casi todas las formaciones de los equipos del Calcio. Es un italiano ciento por ciento. Esos que uno ve en las películas. Sus gestos, su acento, su forma de vestir y movimientos tienen pegado sobre el dorso un cartelito que dice “Made in Italy”. Lo conocí unos días después de que empezara el circo, cuando cambié de trabajo y me pasé a un juego que se llamaba Fungee-Bungee –una especie de cama elástica para chicos. Él también venía de Trezzano y tenía familia en Australia que lo había alojado un tiempo y que le había conseguido trabajo para los próximos meses. Ellos se habían conocido en la biblioteca de su pueblo y según me contaron fue Alessandro el que lo convenció de irse a trabajar al otro lado del mundo sin mucho plan. Fue así como terminaron viajando casi dos meses con el circo por el sur del país. Fue así como yo los conocí…

Los primeros días no crucé muchas palabras con Andrea, aunque cuando alguno hacía algún comentario futbolero se prendía al instante y comenzaba un divertida charla sobre hinchadas, equipos, jugadores y mundiales. Pero poco a poco lo fui conociendo más y más, y encontré en poco tiempo a una de esas pocas personas en el mundo que no conocen la palabra maldad. Que siempre responden con una sonrisa y que prestan una mano sin pedir nada a cambio –y fui testigo de eso en muchas ocasiones. Si Alessandro era la energía, él era el enchufe, el cable a tierra. Aunque a veces juntos parecían electrocutarse y uno no podía saber cómo iba a terminar el día si ellos dos se conectaban.

Esa energía me contagió a mí y me obligó en pocos días a adoptarlos como mi familia viajera. Sin darme cuenta hacía todo con ellos dos. Fue poco tiempo pero pareció una vida entera. Cocinamos pasta todas las noches para todos, compartimos cervezas y eternos partidos de ping-pong. Hablamos de locuras y nos quejamos juntos del trabajo. Fantaseamos con futuros viajes y encuentros utópicos. Nos mareamos en montañas rusas y bajoneamos McDonald’s después de largas noches de vino.

Nuestro último día juntos fue algo triste. A Alessandro y a mí nos habían echado del Flinders Station –el hostel donde habíamos vivido en nuestra estadía en Melbourne- y estábamos durmiendo en un auto que habíamos alquilado unos días atrás para hacer la conocida Great Ocean Road –una ruta turística australiana alrededor de playas y bosques donde se pueden ver koalas y wallabies. A pesar de que teníamos la entrada prohibida al hostel y que éramos “personas no gratas” –tal como nos dijeron el día que nos echaron- decidimos volver para tener unas últimas horas con Andrea.

Varias cervezas, papas fritas de gustos extraños que una chica belga amiga de Andrea había comprado y algo de música sirvieron para que nos riamos por varias horas de todas las cosas que nos habían pasado en los últimos días. No había un segundo en el que uno de nosotros no riera o intentara recordar algo gracioso que había pasado en nuestra estadía en Australia juntos.

La hora de la despedida se acercaba y las cervezas empezaban a hacer un gran efecto en nosotros. Las risas se iban transformando en carcajadas melancólicas que terminaban con ideas extrañas de futuros encuentros. Yo era el primero en irme ya que tenía que tomarme un avión a Tokyo. Ellos, obviamente, me acompañaron a la estación del metro para que me tomara el tren que me llevaba al aeropuerto de Melbourne.

Caminamos nuestras últimas calles juntos y cuando finalmente llegamos a la estación nos dimos un gran abrazo los tres. Uno de esos abrazos fuertes y sentidos que uno da cuando sabe que se despide de alguien que tal vez no vaya a ver nunca más en su vida. Un abrazo eterno de tres desconocidos que sin darse cuenta empezaron a llamarse familia. Una loca familia que hoy ya dejó de ser realidad…

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