Perdidos en Tokio: ¿Qué mierda hago en Japón?

La cabeza me explotaba. Uno de esos dolores complicados que no tienen mucha explicación y que hacen que todo lo que tenés a tú alrededor sea estúpidamente incómodo. Creo que algo –o mucho- tenían que ver las pocas horas de sueño de mi último día o quizás no haber comido casi nada en las últimas 15 horas… Pero poco importaba en ese momento, mi cabeza no podía pensar en otra cosa que en ese incesante dolor que revoloteaba por toda mi sien. Yo, en cambio, intentaba darme cuenta de la otra realidad que me estaba rodeando: había llegado a Tokyo, uno de esos lugares que se me habían cruzado en muchísimas ocasiones en sueños y que en ese momento, sin saber muy bien porqué, tenía enfrente mío.

Mi cabeza igual sólo podía pensar en el dolor que tenía y en cómo deshincharse… Tal vez una aspirina podía ayudar, o mejor aún, frenando en algún lugar a comer algo.

Caminé por el túnel que me llevaba de la estación del metro de Tokyo hasta la calle y me transporté a otra realidad. Una totalmente diferente a la que conocía. Una más parecida a las fantasías de Haruki Murakami que a otra cosa. Lo único que faltaba en ese momento era encontrar dos lunas en el cielo e instantáneamente estaría en el aclamado 1Q84 del escritor japonés. Pero no, arriba sólo brillaba una sola luna y los taxis pasaban a toda velocidad por mi cara demostrándome que estoy en una de las megalópolis más grandes del mundo. Una marea de personas se avalanzó sobre mí en el primer cruce peatón y yo, sin saber cómo reaccionar, me paralicé. Miré por unos segundos como esas cientas de personas caminaban con rumbo claro y me pregunté por dentro si yo sabía exactamente a dónde estaba yendo. El dolor de cabeza no me dejó pensar claramente, pero lo único que pude decirme a mí mismo en ese momento fue: ¿Qué mierda hago en Japón? ¿Quién carajo me mandó a viajar a la otra punta del mundo?

Un impulso inexplicable me obligó a caminar y cruzar sin saber muy bien a dónde la calle principal que separa la inmensa estación de Tokyo del centro de la ciudad. Empecé a patear veredas buscando algo, sin saber muy bien qué, que me diera la bienvenida a Japón. Un “konichihua”, una sonrisa de una japonesa o una mirada de un extraño vagabundo. Pero nada… Cansado de esperar decidí tomar la iniciativa: me acerqué a un chico joven, de unos 20 años, en una esquina a un par de cuadras de la estación y le pregunté entre señas, algunas palabras en inglés y gestos extraños dónde podía encontrar un hostel cerca, un lugar donde pasar la noche para poder instalarme y pensar con mayor claridad. Sus ojos se nublaron al instante. Su cabeza empezó a moverse de lado a lado –y como si la mía no estuviese por demás dolorida se mareó de tan sólo mirarlo- y de su bolsillo sacó un teléfono. Bah, qué teléfono, una mini-computadora de mano que aunque hoy parezca algo común en ese momento de desconcierto pareció un milagro tecnológico.

Me lo mostró y abrió una pequeña pestaña en su navegador donde me señaló el Google, dejándome su celular a mí y esperando que yo buscara lo que necesitaba –o aunque sea le tradujera lo que le estaba diciendo así me ayudaba. Lo agarré e hice la prueba, pero en poco segundos mis ojos se dieron cuenta de que algo andaba mal… Cientos de caracteres kanjis aparecieron sobre la pantalla esperando ser usados, ser tocados por mis dedos y darme una posible solución a mis problemas. Si mi cabeza no había explotado hasta ese entonces, creo que en ese momento pensó seriamente en auto-detonarse.

Recorrí varias veces el teclado intentando transformarlo en uno occidental, uno que aunque sea me ayudara e mi búsqueda. Pero fue imposible. Lo único que pude hacer en ese momento fue mirar al chico con cara de desconcierto, tirarle un tímido “arigato”, devolverle su celular sin un segundo más de uso y seguir mi camino sin rumbo.

La luna brillaba de una manera espectacular sobre Tokyo. Un naranja que encandilaba rodeaba los inmensos cráteres de esa perfecta circunferencia que me iluminaba a millones de kilómetros de distancia. Intenté disfrutarla, parecía única –y de hecho al otro día me enteré que se trataba de un eclipse-, pero me fue imposible. Lo único en lo que podía pensar en ese momento era en buscar un lugar donde pasar la noche o aunque sea uno donde comer algo y darle a mi cabeza un poco más de vida.

Entre paso y paso se me vino a la mente Diego, un amigo argentino que conocí en mi paso por Australia. Había estado en Japón hace unos meses y según me contó tuvo que dormir varios días en un edificio comercial porque todos los hoteles estaban tomados por fiestas nacionales. Me acordé de ese dato y pensé que quizás la única solución de la noche podía ser esa, entrar en uno de los tantos enormes edificios que me rodeaban y tirarme a dormir en el último piso como él me había contado.

Sin pensarlo mucho entré en el primero de los edificios que se cruzó por mi camino. Era gigante y los pasillos que se conectaban del hall principal parecían no tener fin. Me aventuré y decidí adentrarme en uno de los que vi más transitados. En pocos segundos lo que podía ser el pasillo de cualquier rascacielos de negocios se transformó en un centro comercial repleto de restaurantes, locales de ropa y servicios públicos como baños y teléfonos. Sé que quizás suene raro, pero en ese momento fue como encontrarme con el paraíso.

Aproveché la gran oferta de restaurantes y frené en uno que a mi entender parecía de comida japonesa –hasta ese momento poco sabía de la vida culinaria del país asiático. Era un pequeño local con una puerta de madera, lámparas de papel rojo –clásicas de la región- y mesas grandes compartidas por algunos hombres de traje.

Me senté ingenuamente en uno de los lugares esperando ser atendido por una de las mujeres que muy amablemente servía agua en los vasos de los trajeados. Pero fue en vano… Pasaron varios minutos y nunca se acercaron a ordenar mi pedido –tampoco tenía muy en claro que quería, simplemente algo que pudiera calmar mi dolor de cabeza y darme la posibilidad de empezar de cero en Tokyo. Todo se hizo más claro cuando vi a una mujer entrar en el restaurante y pedir su comida: se acercó a una máquina expendedora que estaba a uno de los costados de la puerta –hasta ese momento yo no la había notado-, metió un billete de 1000 yenes y eligió de una gran cantidad de opciones lo que quería comer. A los pocos segundos tenía su plato caliente en la mesa y disfrutaba de rico Ramen[1] japonés.

Al principio creí que era algo imposible. Una locura, pedir la comida a través de una máquina expendedora… Por unos instantes me sentí en Blade Runner, la película futurista de Ridley Scott en la que Harrison Ford come fideos chinos en un puestito de la calle rodeado por autos voladores. Al mismo tiempo fui consciente y me di cuenta de la realidad: estaba en Tokyo, quizás la ciudad más moderna y avanzada del mundo, y pedir comida por una máquina es algo bastante normal –por lo menos eso logre entender un tiempo después.

Intenté memorizar cada uno de sus pasos y sin dudarlo ni un segundo me decidí por hacer lo mismo que ella hizo: me paré frente a la máquina expendedora, relojeé la gran cantidad de opciones de comida y elegí una que parecía bastante amistosa para mi quisquilloso paladar. Era un gran plato de arroz, vegetales y carne cortada en tiritas que costaba sólo 600 Yenes –algo así como 6 dólares. Metí un billete de mil Yenes en la pequeña ranura de la máquina y esperé a me diera el ticket de mi pedido. Me senté en la misma mesa en la que había esperado antes que me atendieran y al poco tiempo ya tenía mi comida enfrente mío.

Luché durante varios minutos con los palitos chinos. Muy pocas veces había intentado comer con dos pequeños pedazos de madera, y aunque alguna que otra vez lo hice en Buenos Aires para probar sushi, esto era algo totalmente diferente. Los pequeños granos de arroz se escapaban todo el tiempo y las pocas veces que lograba que los palitos llegaran a mi boca lo hacían con un 80% menos de comida de la que había empezado entre ellos.

No me di por vencido, y aunque me costó acostumbrarme, después de un tiempo ya dominaba los palitos y podía aunque sea intentar comer la carne con ellos. Cada bocado era una especie de golpe energético para mi cuerpo y sobre todo mi cabeza. Me sirvió para frenar un poco el dolor que venía arrastrando desde mi llegada a Tokyo y me ayudó a pensar con mayor claridad. Ahora sólo me faltaba definir dónde quería vivir, reservar un lugar y descansar aunque sea unas cuantas horas.

Busqué en mi celular un hostel barato y cómodo en Tokyo. Para mi sorpresa varias opciones aparecieron pero muy pocas con disponibilidad para esa noche y casi ninguna lograba convencerme 100%. Algo había en la mayoría que no cerraba con mis expectativas hoteleras del momento –creo que el dolor de cabeza y las ganas de dormir bien me hicieron esperar un hotel de 5 estrellas que nunca iba a llegar… Sin mucha suerte y un poco frustrado por mis exigencias, decidí reservar una noche en el Wasabi Guest House por 21 dólares. Era el único hostel que me convencía en ese momento –prometía pequeñas cápsulas modernas y de madera y una especie de “spa” dentro del cuarto- y se encontraba cerca de la estación de Ueno, una de las zonas más céntricas de la ciudad.

Con la panza llena y el cuarto esperándome, emprendí mi retirada del restaurante futurista y me fui en búsqueda de la estación de metro de la que me había bajado en un principio. Caminé unas cuantas cuadras y me topé con ese impresionante edificio del que había salido por primera vez. Pregunté en una de las ventanillas de información cómo podía llegar al Wasabi Guest House pero aunque lo intenté muchas veces fue imposible recibir una respuesta clara. O por lo menos una que me ayudara a guiarme y darme aunque sea una especie de guía para llegar sin problema. Después de varios intentos y de señalar las tantas líneas de subte que tiene Tokyo para aunque sea tener una mínima idea de cuál tomarme, decidí optar por una mejor opción: salí de la estación nuevamente, caminé unos metros hasta la calle y frené uno de los tantos taxis que circulaba por la rotonda de la estación.

Me acerqué a un Toyota que había frenado por mí y sin que yo hiciera nada –y sin que el conductor siquiera tuviera que darse vuelta- la puerta del auto se abrió. No podía dejar de sorprenderme: comida que se pide por máquinas expendedoras, autos que se abren automáticamente e inodoros inteligentes –sí, no lo dije antes pero como todo el mundo sabe los japoneses tienen los baños más modernos del mundo. ¿Qué me iba a esperar una vez que llegue al hostel? ¿Un cuarto como el de Odisea en el Espacio? ¿Un baño que hiciera todo por mí? ¿Robots como recepcionistas? La verdad que a esa altura ya no sabía que más esperar…

Me subí al taxi sabiendo que lograr que entendiera a dónde quería ir iba a ser todo un desafío. Le mostré el mail donde decía la dirección a la que iba y cómo llegar. Pero obvio, las indicaciones estaban en inglés y lo único que se podía leer en japonés era la dirección. Pensé que lo más fácil iba a ser que ponga su GPS, pero no lo hizo. Avanzó murmurando algo, y a los pocos segundos el reloj se prendió solo. Mis ojos lo único que podían hacer era mirar por la ventana la impresionante luna que iluminaba el cielo y como se reflejaba en los monstruosos edificios que decoraban Tokyo. Los autos iban y venían, los carteles luminosos me atacaban ofreciendo todo tipo de cosas: celulares, relojes, computadores, comida y mujeres… Sí, en ese momento todavía no los entendía pero veía demasiados carteles que tenían chicas disfrazadas de empleadas domésticas y tazas de café a sus costados –después me enteré que se trataba de los clásicos “maids cafés” de Japón.

El taxista se dio vuelta y con un gesto me pidió que le volviera a mostrar el celular con la dirección del hostel. Se lo dí pero al mismo tiempo le señalé con insistencia el GPS. No me hizo caso. Prefirió seguir su instinto y le dio para adelante sin importar que el reloj seguía corriendo y cada minuto que pasaba se hacía más y más duro para mí –tomarse un taxi en Japón es caro y muchísimo más si uno no sabe a dónde está yendo realmente.

Los giros y murmuros por calles bastantes pequeñas me hicieron dudar de que realmente supiera a donde me estaba llevando, así que sin más decidí buscar el teléfono del hostel y pedirle que los llame para que le indicaran como llegar. Sorprendentemente esta vez me entendió e hizo lo que le pedí: agarró su Iphone 6, marcó el número que le mostré y empezó a “discutir” con la persona que estaba del otro lado del teléfono –no fue realmente una discusión, pero cuando uno que no entiende el idioma los escucha hablar por teléfono cree que siempre se están peleando.

Sonrió hacía mí y aceleró el auto con mucha convicción. En poco menos de tres minutos estábamos frente a un inmenso cartel que decía “Wasabi Guest House” con un gran monstruito verde –una especie de animé de un pedazo de wasabi- dándome la bienvenida. Frenó el reloj, me mostró la gran cantidad de yenes que le debía y me dio una pequeña bandeja de plata para que pusiera los billetes. Saqué mi billetera, conté  los yenes hasta llegar a 4 mil yenes y se los dejé en su platito. Había sido el taxi más caro de mi vida y ni siquiera tenía la oportunidad de contárselo al taxiste…

Abrí la puerta del taxi y salí disparado a la puerta del Wasabi. Por fin, después de una larga odisea iba a poder dormir tranquilo. Iba a poder disfrutar de mi primera noche en Tokyo. Iba a poder relajarme y desconectar mi cabeza, esa que tanto había sufrido horas atrás. Entré en la recepción del hostel y no tuve la suerte de encontrarme un robot como recepcionista. En cambio, una joven japonesa me dio la bienvenida. Era morocha, con un flequillo que le cubría la frente y una sonrisa tímida que se iluminaba cada vez que alguien cruzaba la puerta de entrada del lugar. Me dijo que se llamaba Tatsumi y que a partir de hoy me iba a ayudar en todo lo que necesite. Aproveché que hablaba inglés y que podía hablar sin problemas con ella y le conté por todo lo que había pasado esa noche. Se río un poco y con una sonrisa todavía más grande me dijo que mi cuarto –un gran con doce camas estilo cápsulas pero hechas de madera- tenía un “spa japonés” y que podía usarlo cuando quisiera. Era la bienvenida perfecta, no sólo iba a poder descansar sino que también iba a poder relajarme tanto como quería.

Le agradecí a Tatsumi, llevé mis cosas al subsuelo –lugar donde estaba mi cuarto-, tiré mi mochila en la cápsula de madera y entré al “spa japonés”. Un enorme baño lleno de pequeños duchadores y un gran jacuzzi se aparecieron ante mí. No supe cómo reaccionar, pero mi cara de felicidad expresaba con toda claridad lo que estaba pasando adentro mío. Me saqué toda la ropa y sin pensarlo mucho puse mi pie derecho en el agua caliente del ofuro[2]. Segundo a segundo mi cuerpo se fue sumergiendo y cambiando los problemas y dolores por la más pura tranquilidad.

Cuando el agua caliente me cubrió por completo mi cabeza por fin se pudo relajar. En ese momento se me cruzó poco a poco todo lo que me había pasado en mis primeras horas en Tokio: me había perdido entre trabalenguas japoneses y subtes, había comido gracias a una máquina expendedora que me costó entender una eternidad y entre otras cosas me subí al taxi más caro de mi vida… Pero ahora, por suerte, estaba sentado en un raro jacuzzi que hacía que todo lo demás fuera sólo un lindo recuerdo.

Mis ojos se fueron cerrando lentamente. Mi mente se fue apagando poco a poco y en segundos lo único que quedó merodeando en esa usina de pensamientos fue una clara pregunta sin respuesta: ¿qué mierda hago en Japón?

[1] La versión japonesa de la característica sopa con noodels china que se sirve en casi todos los lugares de Asia.

[2] Baño tradicional japonés donde se mezcla la ducha y el jacuzzi

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