Perdidos en Tokio: el día que abrieron un aeropuerto entero para mí solo

¿Sabías que en Japón viven las personas más amables del planeta tierra? ¿Que en su vida no existe el no como respuesta? ¿Qué hacen lo imposible para ayudarte aunque no puedas hablar ni cuatro palabras en su idioma? Bueno quizás exagere un poco, y seguramente en el mundo exista gente igual o más amable –no lo sé y no lo pude comprobar todavía… Pero después de vivir casi un mes en el país y perderme infinidad de veces pude darme cuenta que a veces el idioma no es una barrera sino todo lo contrario, puede ser un primer paso para romper el hielo. Me di cuenta de que una seña a veces vale mucho más que mil palabras hiladas gramaticalmente de perfecta manera; y un gesto, por más pequeño que sea, sin dudas sirve para demostrar que el que tenemos enfrente por más que sea un desconocido puede transformarse en poco tiempo en un ser entrañable.

Pero quizás, sólo quizás, todo lo que dije arriba sea puro chamuyo o conjeturas de un pibe con suerte al que la siguiente historia –entre otras- le hicieron conocer el verdadero Japón.

Eran mis últimas horas de vida en Tokyo antes de tomar mi avión con destino a Beijing, China. Decidí que la mejor manera de despedirme de Japón, lugar que sin dudas me dejó sin aliento y al que espero volver algún día, era junto a Tatsumi y Sei, dos amigas japonesas que conocí en mi casi mes de estadía en la ciudad. Las dos trabajaban hace algunos años en el Wasabi Guest House –lugar donde me alojé una gran parte de mi viaje- y después de tantas recomendaciones “turísticas” sobre qué hacer cada uno de mis días nos terminamos haciendo amigos. Al principio nuestras charlas se reducían a buscar diferencias sobre la vida en Argentina y Japón, y reírnos sobre algunos de los cambios culturales. Pero después de muchas noches de cerveza, sake y comida japonesa nos terminamos conociendo al punto de ser “amigos”.

Esa última noche decidieron invitarme a comer a un restaurante japonés a unas pocas cuadras de donde vivíamos. Una especie de despedida después de tanto tiempo juntos y, además, la excusa perfecta para poder emborracharnos por última vez.

El único problema a esa altura era mi complicado itinerario –un poco por mi vagancia y otro por mi desorganización siempre termino averiguando las cosas a último momento y eso hace que no siempre salgan del todo bien: mi avión salía a las 8 de la mañana del otro día desde el aeropuerto de Narita –a una hora y media del lugar donde estaba. Por diferentes motivos, pero sobre todo porque el metro en Japón deja de funcionar a las 12 y media y vuelve a abrir alrededor de las 5 de la mañana, decidí que lo mejor era llegar al aeropuerto en el último tren y descansar ahí hasta que fuese la hora de hacer el check in. Eso me daba aunque poco más de una hora para comer, tomar y caminar hacia la estación de Mikawashima, la más cercana que tenía desde el hostel.

Llegamos al restaurante y después de varios pedidos en japonés que nunca llegué a entender nuestra mesa se llenó de platos diferentes y vasos de cerveza. No sé realmente cuánto comí ni cuánto llegué a tomar, pero las cosas nunca dejaban de aparecer. Entre chops de Asahi Super Dry y shots de sake pasamos mis últimos momentos en Japón riéndonos de boludeces que me habían pasado en mi estadía en Tokyo.

Para cuando mi cabeza pudo ser consciente, el reloj se acercaba a las 12 y 15 de la medianoche y todo parecía indicar que iba a ser imposible llegar a ese último tren de la estación de Mikawashima. Les avisé a Tatsumi y Sei que tenía que irme porque no iba a llegar a tiempo al aeropuerto. Más palabras en japonés y la última cerveza apareció en nuestra mesa con la cuenta. Aunque intenté de muchas maneras diferentes no me dejaron pagar ni un centavo y con una gran sonrisa en la cara me dijeron que era “su regalo al argentino más divertido de Japón”. Dudé un poco –o mucho- de ese comentario, pero decidí creerles y aceptar “su regalo”.

Corrimos juntos a la estación para llegar al tren y mientras nos acercábamos se escuchaba como se escapaba de Mikawashima con destino a Nippori. No supe cómo reaccionar. Pensé quizás en correr hacia la otra estación –unos diez minutos desde donde estaba- pero era estúpido: los trenes sólo tardan minutos en llegar de un lugar a otro, y aunque lo hubiera intentado hubiera sido imposible llegar a tiempo…

Pensé en mis opciones y después de discutirlo por un tiempo con Tatsumi y Sei, ellas decidieron llevarme en taxi a la estación central de Tokyo, lugar donde podía tomarme el colectivo al aeropuerto después de la medianoche. Nos subimos al primero que pasó por enfrente nuestro y le pidieron que fuera lo más rápido posible porque tenía un vuelo que tomar esa misma noche –algo que no era totalmente cierto pero que servía para que el taxista apurar la marcha en vez de pasearnos por la electrizante ciudad.

En casi 15 minutos llegamos a la estación y como era de esperarse, y aunque esta vez hubo menor insistencia de mi parte, decidieron pagar mi taxi diciéndome que “era su culpa por haberme distraído por mucho tiempo”. Bajamos del auto y con algo de suerte –y una corrida interesante por los pasillos de la estación- llegué a tiempo a uno de los últimos colectivos que iban desde el centro de Tokyo al aeropuerto de Narita. Me despedí de Tatsumi y Sei con un gran abrazo y una supuesta promesa de volver a vernos en Buenos Aires o, si el destino me acompaña, nuevamente en Tokyo. No sé, creo que ese tipo de promesas ridículas es algo que hacemos todo el tiempo con el fin de sentirnos apegados a ciertas personas aunque sea por tan sólo unos días, unas horas o unos minutos.

Me subí al colectivo, me senté en uno de los pocos asientos que quedaban libres, saludé por última vez a mis amigas japonesas desde la ventana y arranqué mi viaje con destino al aeropuerto. Fueron casi dos horas de viaje, lo que hizo que llegase cerca de las tres de la mañana. Me desperté del asiento –había aprovechado el camino para descansar un poco- cuando anunciaron la llegada a la Terminal 1 de Narita. Era la última parada de la noche y tal como me habían advertido cuando saqué el boleto de colectivo, la caminata hacia la Terminal 2 –de la que salía mi avión a las 8 de la mañana- era un tanto larga.

Me puse los auriculares, le di play a un compilado de Bob Marley y empecé a caminar en búsqueda del aeropuerto –y al mismo tiempo, un lugar donde dormir las próximas horas. Cerca de un kilómetro después encontré un pequeño puente que me llevaba a un gran complejo de edificios que creí que debían ser parte del aeropuerto. Pateé varias cuadras más hasta que me encontré encerrado en una gran calle abandonada que subía hacia un lugar que no podía identificar desde la lejanía. Me arriesgué y le dí para adelante con la esperanza de llegar en algún momento y sobre todo antes de las 8 a la Terminal 2 de Narita.

Mientras caminaba por la desolada calle Marley entonaba su clásico Three Little Birds y me decía de alguna manera que “no me preocupara por nada, que todo iba a estar bien”. Confié en sus sabias palabras y caminé por media hora más hasta que de la nada, y sin previo aviso, se me apareció un inmenso edificio delante mío con una gran inscripción en el centro: “Welcome to Narita Airport Terminal 2”. Bob tenía razón, todo iba a salir bien…

Aunque, para ser sincero, Marley nunca se hubiera esperado lo que me encontré en el momento que llegué a mi anhelada Terminal 2: absolutamente todo el edificio estaba apagado. Cerrado, sin ningún tipo de aviso o cartel. No podía ser… No había siquiera un alma como la mía caminando alrededor de las puertas automáticas –que en ese momento por supuesto no abrían- y mucho menos una luz que me diera la esperanza de poder entrar aunque sea a descansar a Narita.

Eran cerca de las 4 de la mañana y aunque la música intentaba relajarme no había algo en mí que no estuviera nervioso. No sabía si iba a poder encontrar un lugar donde dormir esa noche, si iba a poder llegar a mi avión a tiempo y mucho menos tenía la certeza de si ése era realmente el lugar correcto en el que tenía que estar. Sin mucha opción decidí dejar todo librado a la suerte y me senté en una de las columnas justo al lado de una puerta que decía “salidas internacionales”. Esperé varios minutos sentado hasta que de la nada apareció una silueta en la oscura noche. Una luz intensa me apuntaba a la cara y me encandilaba de manera que no podía ver exactamente quién se acercaba hacia mí.

A la distancia escuché la voz de un hombre que me decía algunas cosas en japonés que nunca pude entender. Me levanté del piso y por fin pude ver quién me apuntaba con esa incómoda linterna: un policía de unos treinta años estaba parado justo enfrente mío preguntando –o eso quise imaginar…- qué hacía tirado en la entrada del aeropuerto. Lo primero que salió de mi boca fue un tímido “konichiua”. No sabía cuál era la intención del policía y dudaba mucho de que lo que él realmente quisiera hacer fuera ayudarme. No sé, algo en mí le tuvo desconfianza.

Entre señas y murmullos en inglés me pidió el pasaporte y me dijo que no podía estar tirado ahí. Yo, algo ingenuo, intenté explicarle que había llegado en colectivo y que lo único que quería era entrar al aeropuerto para poder descansar y esperar mi avión tranquilo. Creo que nunca entendió todo lo que le dije, pero por alguna razón cuando terminé de hablar sacó una pequeña libreta de su bolsillo y empezó a anotar algo en japonés. Entre otras cosas pude distinguir mi nombre, mi número de pasaporte y mi país de origen.

A los pocos segundos otro policía se acercó y empezaron a hablar sin darme mucha explicación. Uno de ellos agarró un walkie-talkie y se comunicó con lo que creo que era la central del aeropuerto. Una vez más, no supe distinguir qué fue lo que dijo pero si supe que entre otras cosas me nombró y, creo, que explicó en qué lugar estábamos. Sólo bastaron algunos minutos para que un tercer policía se acercara a nosotros, pero esta vez desde el lado de adentro de la terminal.

Era un viejo canoso de aproximadamente 65 años. Los dos policías que estaban conmigo lo señalaron, me miraron y esbozaron una pequeña sonrisa con tinte de carcajada. Mientras, el viejito intentaba abrir sin mucho éxito una de las puertas automáticas. Probó con distintas llaves pero ninguna le funcionó correctamente.

Ante la negativa de todas sus llaves el viejo salió a la búsqueda de una que le funcionara y que pudiera abrir esa puerta automática que no estaba siendo para nada automática. Su caminata era lenta, cosa que hacía que mi estadía con los dos pícaros policías fuera más larga. Intenté hacerles algunas preguntas en inglés y enterarme si estaba en algún tipo de problema. Lo único que supieron responderme fue que teníamos que esperarlo. Realmente en ese punto no sabía lo que me esperaba. Cientos de cosas se me pasaban por la cabeza y muy pocas de ellas eran buenas: pensé que tal vez iban a hacerme un interrogatorio, iban a llevarme a la comisaría más cercana o hasta incluso torturarme hasta que mi cerebro logre explicar en japonés qué carajo estaba haciendo tirado en esa columna.

El viejito volvió después de unos minutos con una nueva llave en su mano. Probó dos o tres veces y en la última logró por fin abrir la puerta automática que no era automática. Con una sonrisa en su cara el viejo hizo un gesto con su mano invitándome a pasar al aeropuerto e instantáneamente los otros dos policías desaparecieron sin decir nada. La sonrisa me tranquilizó un poco, aunque para ser sincero en ese momento no tenía idea lo que me esperaba una vez que pasara la puerta.

Le tiré uno de mis clásicos “konichihua” como para entrar en confianza y el viejo me respondió con una sopa de palabras imposibles de deducir. Lo primero que hizo fue caminar hacia un pequeño cuarto y dejar la llave que había usado para abrirme. Esa situación me tranquilizó un poco, si hubiese querido interrogarme o hacerme su prisionero, ese cuartito casi sin luz hubiera sido el lugar perfecto. Pero no, el viejito prefirió sólo dejar la llave…

Con algo más de tranquilidad empecé a caminar junto a él sonriendo de oreja a oreja intentando demostrarle mi inocencia ante cualquier tipo de acusación. Con un paso bastante lento el viejo me llevó por unos pasillos oscuros que parecían las clásicas salas de espera de los aeropuertos. Caminamos unos cinco minutos hasta que llegamos a una escalera mecánica apagada. El viejo me la señaló y empezó su pequeña escalada hacia el segundo piso de la Terminal 2. Lo seguí, confiando que algo bueno podía esperarme ahí arriba o por lo menos eso es lo que quería imaginar.

Una vez arriba volvimos a atravesar algunos pasillos laberínticos aunque esta vez, aunque la luz seguía apagada, podía distinguir negocios como McDonalds y Family Mart –el clásico mercado 24 hs. de Japón- a mis costados. Poco a poco podía sentirme en un lugar más familiar. El aeropuerto dejaba de ser ese calabozo escalofriante donde me iban a torturar para empezar a ser aunque sea un pequeño “hotelucho” donde podía pasar la noche perfectamente.

Sin decir mucho más, el viejo frenó su paso en una puerta misteriosa en el medio de un pasillo. Era grande y doble, de esas que se pueden abrir para los dos lados. Pensé por unos segundos las nuevas posibilidades, aunque esta vez muy pocas cosas negativas se me venían a la cabeza. No sé, el viejito ya me generaba algo de confianza y sentía que si se frenaba ahí era porque algo bueno había detrás de esas dos tablas de madera. Eran casi de las cuatro y media de la mañana y para ser sincero lo único que quería mi cuerpo en ese momento era poder tirarse a dormir y descansar antes de tener que volver a subirse a un avión.

Con algo de lentitud –como todo lo que hacía- el viejo puso una llave en la puerta y en un abrir y cerrar de ojos un gran cuarto lleno de comodísimos asientos, televisores, máquinas expendedoras y un baño se apareció ante mí. Estaba vacío, no había nadie. Me miró y me señaló los sillones y me hizo un pequeño gesto de almohada con sus manos y su cabeza. Sí, me estaba dando la posibilidad de dormir en la verdadera “sala de descanso del aeropuerto”. Una que difería mucho de esa fría e incómoda columna en la que me había acostado varios minutos atrás. Una que me dejaba acostarme y que me daba la oportunidad de comer algo. Una que era realmente cómoda…

Lo miré, le agradecí con un enorme abrazo que él poco entendió y corrí a los sillones. Dejé mi mochila en el piso, me tiré en uno como si fuese una cama de dos plazas, respiré hondo, cerré los ojos y me di cuenta de lo que realmente había pasado en los últimos minutos: no quisieron matarme, no quisieron torturarme… Simplemente quisieron ser amables y para ellos decidieron abrieron el aeropuerto de Tokyo para mí solo. Sí, para que yo, sí YO, pudiera descansar tranquilo.

Mis ojos se cerraron por completo, mi cabeza se desenchufó y por fin pude disfrutar de mis últimos minutos en Tokyo en un aeropuerto que había sido abierto exclusivamente para mí.

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