Rens, el holandés que nunca hizo nada…

Se ve que la vida tenía bastantes ganas de que nos cruzáramos. Lo ví por primera vez el día que llegué a Tokyo. Él había llegado unos pocos días antes que yo y dormí en una cama abajo de la mía en el Wasabi Guest Hotel. Esos primeros momentos juntos fueron los clásicos que viven dos “viajeros” que se encuentran al azar en un cuarto de un hostel: ¿De dónde sos? ¿De qué país del mundo venís? ¿Por qué estás viajando? ¿Cuánto tiempo te queda? Y ¿Cuál es tu próximo destino? Básicamente el cuestionario preferido, y al mismo tiempo más odiado, de todo viajero.

Me contó un poco de su vida, aunque para ser sincero lo escuché muy poco. Se llamaba Rens y era holandés, eso fue quizás lo único que escuché y retuve de toda nuestra charla. No sé si por algún motivo –quizás era porque era mi primer día en Japón y estaba bastante cansado- lo ignoré por completo. Nos cruzamos dos o tres veces más en esos días, pero volví a esquivarlo sin razón…

Pero la vida o el destino tenía preparado otro encuentro fortuito para Rens y para mí: esta vez fue en China, casi un mes después de que nos viéramos las caras en Tokyo, y también en mi primer día en Beijing. Como era de esperarse en este tipo de ocasiones, nos saludamos con un gran abrazo como si nos conociéramos de toda la vida. Esos abrazos mitad falsos y mitad reales en los que uno piensa qué bueno verte de nuevo aunque no me importes un carajo… Y bueno, no es muy común cruzarte a alguien dos veces y mucho menos en dos países totalmente diferentes.

Esa noche igual más que ese abrazo, una cerveza y un par de palabras no cruzamos nada más. Yo venía de un largo viaje de Japón y necesitaba dormir y descansar un rato.

Las siguientes noches sirvieron para que nos conociéramos un poco más –la cerveza obviamente jugó un papel fundamental para ambos. Rens era holandés, tenía 27 años y estaba viajando hace un meses -le quedaban dos más. Había estado en Japón un mes como yo y ahora iba a viajar por 20 días en China. De ahí se iba a Tailandia porque se tenía que encontrar con un “amigo”. Como buen holandés le gustaba mucha la cerveza y la noche, por ende era muy normal encontrarlo por los pasillos del hostel en pedo – De hecho, una vez lo “salvé” de dormirse en el baño a las 4 de la mañana después de haberlo encontrado vomitando en uno de los inodoros del hostel. Muy pocas veces me lo cruzaba de día, y no sé realmente si le gustaba salir a conocer o prefería descansar para después emborracharse cuando el sol se pusiera.

Aún así, y a pesar de cruzarnos casi todas las noches, no llegué a conocerlo realmente. Simplemente compartíamos unas cervezas, mesas de bar y algún que otro comentario sobre las mujeres que iban y venían en el hostel. Nada más… Aunque sí sirvieron para que decidiéramos viajar juntos a nuestro próximo destino en China: Xi’an, famosa por ser una de las más antiguas capitales del imperio chino y, por supuesto, por sus Guerreros de Terracota.

Sacamos el pasaje de tren juntos –sin saber muy bien con que nos íbamos a encontrar- y nos embarcamos en una de esas aventuras difíciles de olvidar: nuestro primer viaje en tren en China. Doce horas arriba de dos incómodas camas de un ruidoso y sucio vagón rumbo a Xi’an. Pero a pesar de nuestras quejas del primer momento, esos dos colchones fueron mejor que cualquier mesa de bar. Las cervezas corrían y el carrito que iba y venía por los vagones vendiendo cosas sabía que tenía una para obligada en el nuestro. Ahí, entre tragos de cerveza y baiju –un clásico licor chino con más de 50 % de alcohol-, fue cuando conocí de verdad a Rens, el holandés que nunca hizo nada…

Hablamos de su familia, de cómo su papá los abandonó cuando era chico y se fue a vivir solo a Canadá donde se compró una “granja” –según él, el gran sueño de todo agricultor holandés. En la adolescencia volvió a tener contacto con su papá, que cuando el cumplió 22 años volvió a vivir a Holanda. De a poco se fue llevando mejor que con mamá y a los 26 se mudó a su casa –después de una breve experiencia en solitario que no fue muy exitosa…

Llegamos a Xi’an después de casi doce horas de viaje en tren. Si bien no podría decir que era “íntimos” amigos, el largo tiempo que pasamos juntos en un incómodo vagón de tren sirvió para que aunque sea ambos disfrutáramos estar juntos. Yo, por mi parte, creo que necesitaba tener un compañero de ruta aunque sea por unos días. No es que no me gustara la soledad ni mucho menos, pero es bueno a veces tener alguien al lado para poder hablar aunque sea unas palabras en inglés o comentar el buen pasar de una chica que camine por mi lado. A él, supongo, siempre le gustó estar acompañado. Por lo menos no parecía de esas personas que quisieran caminar por la vida en soledad sin tener una sombra distinta a su lado.

Después de un breve paso por el Hang Tang Inn, el hostel en el que vivimos nuestros tres días en Xi’an, decidimos ir a conocer la ciudad. A los dos nos habían recomendado dar la vuelta a la antigua muralla que protegía la ex capital del Imperio Chino en bicicleta, así que decidimos tomar esa recomendación y nos fuimos a pedalear por encima de esa gran pared que rodeaba la ciudad.

Supongo que la energía de esa muralla habrá ayudado, o quizás fue mi instinto de periodista, pero en esa bicicleteada Rens se animó a confesarme lo que no le había dicho a nadie en el viaje. Fue casi en la mitad de los 10 kilómetros que había para recorrer. Todo empezó con algunas preguntas personales que se me fueron ocurriendo en el camino sobre su familia. En algún momento creo que había deslizado que su papá era millonario y que era su mejor amigo. Eso supongo que lo ayudaba a la hora de llamarlo y pedirle plata para poder seguir viajando sin problemas… Le pregunté por la mamá y la relación que tenían en este momento y me dijo que no era muy buena, pero que la quería y sabía todo lo que ella hizo por él cuando su padre los dejó, pero que hoy en día no se hablaban mucho –por dentro me dio un poco de lástima su mamá, sentí que él la había dejado porque prefería estar al lado de la billetera de su papá, aunque obvio, eran sólo pensamientos míos…

No sé cómo pero saltamos casi sin escalas al plano amoroso de su vida. Hablaba como si algo o alguien le estuviera haciendo cosquillas en la panza cuando recordaba su vida romántica en Holanda. “Siempre fui ‘el buen chico con las mujeres’, pero creo que eso me jugó en contra en algún momento…” tiró mientras pedaleábamos cerca de un quisko en la muralla. “Tuve varios problemas con eso y terminé casi todas mis relaciones muy mal” siguió contándome mientras frenábamos para comprar algo de tomar. Interrumpimos la charla porque nuestra comunicación en chino se hizo protagonista de la escena y estuvimos unos varios minutos intentando comprar un helado –él- y un agua –yo. Después de dejar el quiosko nos sentamos a disfrutar del sol mientras cargábamos energías para hacer el último tramo de la bicicleteada.

Fue en ése momento cuando se animó a hacer esa confesión que tanto lo estaba carcomiendo encima: “En realidad, ese ‘amigo’ que me espera en Tailandia es mi novia…” deslizó con algo de pudor antes de agregar, “Y me siento medio mal por todo lo que estoy haciendo en este viaje, ella quiere casarse el año que viene y yo… Yo no…”. Listo, se lo había sacado de encima y ahora, con algo menos de culpa, podía seguir contándome todo lo que sentía por este “amigo que se iba a encontrar en Tailandia”.

La conoció hace un año y medio en su ex trabajo. Él la reemplazaba a ella en el turno de la tarde/noche de una compañía financiera. Como me había explicado antes, esos trabajos no duraban más de 18 meses porque era más fácil echarlos antes de cumplir dos años y pagarles menos indemnización. Es por eso que él decidió viajar, porque lo habían echado. Y ella, ella todavía tenía dos meses más de vida en la empresa. Era dos años más grande que él y según me contó Rens, siempre le gustó la joda y había vivido siempre al máximo.

Pero cuando se conocieron algo cambió. Ella dejó de querer salir y poco a poco empezó a “madurar” para transformarse en lo que Rens nunca quiso. Empezó a hablar de casamiento, irse a vivir juntos y tener hijos. A él no le cerraba para nada. Pero hace cuatro meses su vida dio un giro inesperado: su novia quedó embarazada.

Fue un mes y medio de desesperación para Rens. No estaba preparado. Todavía le quedaba mucho por vivir y no quería hacerse cargo de otra persona que no fuera él… Pero al mismo tiempo no podía dejarla sola, y aunque ella le ofreció dar un paso al costado, decidió tomar todo tipo de responsabilidades. Al fin y al cabo era su hijo y no podía dejarlo sin papá como a él le había pasado cuando era chico.

A los casi tres meses llegó la noticia que él tanto estaba esperando –y aunque no podía confesárselo a nadie, la noticia que más feliz lo hizo en la vida: su novia perdió el embarazo por un problema en su sangre. No le entendí muy bien –los término técnicos médicos en inglés no son mi fuerte- pero una enfermedad que la novia tenía en la sangre hizo que lo perdiera.

El alma de Rens volvió a su cuerpo y él al mundo. Ése momento fue decisivo para él, fue ahí cuando decidió que quería viajar y conocer otros lugares, gente, culturas y, cómo no, fiestas.  Fue ahí, después de ese gran momento de su vida, que lo conocí.

Habíamos llegado al final del recorrido. 10 kms en bicicleta alrededor de una muralla de más de 600 años de historia. Seguramente muchísimas cosas pasaron en esa legendaria pared construida en la dinastía Ming, pero en nuestra eterna pedaleada poco importó si sirvió para defender la capital del Imperio Chino, si alguna guerra pasó por ahí o si algún emperador caminó por las mismas baldosas que nosotros; lo único que realmente importó en ese momento fue la historia de Rens, ése holandés que nunca hizo nada. O quizás, el que ya hizo mucho, quién sabe…

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s