El día que casi, casi, casi me hago millonario en Camboya

Esa mañana me levanté muy temprano. River jugaba la primera final de la Copa Sudamericana contra Atlético Nacional en Colombia, y por culpa de la gran diferencia horaria tuve que despertarme a las 6:30 hs. de la mañana. Por suerte el resultado, aunque parecía que podría haber sido una catástrofe, terminó siendo bastante positivo para mi equipo. Ese empate uno a uno de visitante dejó una sensación extraña, medio rara en mí.

Por algún motivo, no sabría explicar cuál pero podría atribuírselo a ese “tremendo” gol de Pisculichi, me sentía algo afortunado. Con suerte, digamos. Así que después de un largo chapuzón en la pileta de mi hostel –en lugares como Camboya por 5 dólares se puede vivir como un rey-, decidí aventurarme y salí a recorrer las calles de Phnom Penh, la capital del país, con la esperanza de encontrar una nueva experiencia asiática.

Me habían hablado mucho de Phnom Penh: es de una de las ciudades más importantes del sudeste asiático, la más grande de todo Camboya, y entre otras cosas alberga el museo del genocidio camboyano que según me habían dicho era algo impactante. También los famosos “killing fields”, los campos de la muerte donde algunos “turistas” disfrutan disparar una ametralladora AK 47 por primera vez –por cierto, una de las cosas más estúpidas e innecesarias que vi en mi vida. Y por supuesto también está repleto de templos, grandes mercados y una linda vida nocturna que estaba dispuesto a disfrutar.

Eran cerca de las 12 y media del mediodía, y como mi cabeza todavía no estaba preparada para afrontar los dolorosos campos de concentración, decidí caminar por las callecitas camboyanas hasta toparme con alguno de esos grandes mercados –reconocidos por vender ropa de gran calidad a precios económicos- y encontrar un buen lugar para disfrutar comida khamer[1].

Después de casi 20 minutos de caminata por callejuelas de Phnom Penh me topé con el famoso Mercado Central. Era la “meca” de los mercados callejeros en Camboya y recorrerlo entero podría haberme llevado un día entero. Pero como mi idea no era comprarme ropa, tecnología barata ni suvenires de Budha; decidí ir directo a los puestos de comida y buscar el puesto más sucio para disfrutar de unos buenos “noodles fritos” y Lok Lak[2]. En esa infinita búsqueda fue que me crucé con Victorino; un filipino bajito que llevaba con mucha honra su gran sonrisa sin las dos paletas de arriba.

Su gran sonrisa de oreja a oreja me obligó a detenerme unos segundos y saludarlo. “¿Where are you from my friend?” me preguntó en un excelente inglés –en Camboya el 80% de las personas hablan algo o mucho inglés. Mi respuesta le dio el pie perfecto para soltar en la mesa sus pocas, pero perfectas, palabras en español: “Buen día. Uno, dos, tres, cuatro… Muchas gracias” deslizó antes de comentarme que el filipino es muy parecido al español.

Nos quedamos hablando varios minutos de Argentina, Filipinas y su vida en Camboya. Me comentó que le encantaría mejorar su español pero que era muy difícil para él. En el medio de la charla me dijo que le encantaría que conozca a su sobrina que tenía muchas ganas de viajar por el mundo y conocer Sudamérica. Me sorprendí, más que nada porque era difícil encontrar alguien en Camboya que quisiera viajar a un lugar tan remoto para ellos como Argentina, y Victorino me preguntó si podía llamarla para que ella me hablara un poco en su también escaso español.

Sacó de su bermuda un pequeño Nokia –lo más parecido al famoso 1100 que vi en mucho tiempo- y llamó a su sobrina. Hablamos unos 5 minutos por teléfono, entre otras cosas también del parecido entre el filipino y el español. Me contó que vivía con su tío Victorino y con su papá Isidro, y que le encantaría invitarme a almorzar a su casa ya que había estado cocinando toda la mañana para su familia. Victorino insistió, y aunque en un principio me dio un poco de miedo –no sé, no acostumbro a ir a la casa de desconocidos a almorzar por más simpáticos que sean en nuestro primer encuentro-, acepté con la idea de conocer la vida real de una familia “camboyana” y de paso, comer gratis que nunca viene mal.

La casa según me había dicho Victorino era cerca, se podía llegar caminando en casi 15 minutos, o podíamos tardar 5 minutos en su moto. Obvio que ya que estaba prefería subirme a su scooter y llegar esquivando el caótico y peligroso tránsito de Phnom Penh. Aunque con su advertencia a cuestas: “La gente está loca acá, maneja muy mal… Agarrate muy fuerte, y cuidá tu mochila porque hay muchos ladrones arriba de las motos”.

El corto camino sirvió para que se saque algunas dudas de mi vida: si tenía familia, de qué trabajaba en Argentina, cómo hacía para viajar tanto, y la más llamativa, si estaba casado. Con una gran sonrisa sin paletas me contó que su sobrina era muy linda y tampoco estaba casada. Me reí, de a poco empezaba a entender un poco las intenciones de mi amigo Victorino pero me dejé llevar por esa extraña sensación que seguía corriendo en mi cuerpo después del gol de Pisculichi.

Cuando llegamos a su casa, lo primero que hizo fue decirme “vos ahora sos mi amigo, por ende mi casa es tu casa, y mi familia tu familia”. Mi sonrisa ahora era más grande que la de él aunque por suerte yo todavía conservaba mis dos paletas de arriba –y todavía las tengo… Entramos y con la misma alegría me recibió su hermano mayor Isidro. Un gran abrazo, las mismas pocas palabras en español, y un par de gritos para avisarle a su hija que traiga comida y algo de tomar que tenían invitados en la casa.

A los pocos segundos apareció María, la sobrina de Victorino y la hija de Isidro, y “mi futura esposa” según los planes de ambos. “Vení, sentate y disfrutá de la comida” me dijeron los dos sentados mientras ella preparaba la mesa y me sonreía con cierta picardía. Tengo que aceptar que la situación me daba algo de gracia y me generaba intriga, por ende decidí seguirles la corriente y sumarme a sus comentarios de cuán linda era María –que en realidad, no lo era tanto…- y de la posibilidad de un casamiento entre filipinos y argentinos –con ambas familias en la playa.

En la mesa, que sólo compartimos los hombres mientras las mujeres –la hija de Isidro y la mujer de Victorino- limpiaban la cocina, me contaron un poco de sus vidas: ambos trabajaban en un gran crucero que viajaba por varios lugares de Asia y el mayor de los hermanos también era crupier en casinos. Había viajado por el mundo trabajando en varios importantes casinos –“Las Vegas, Tokio, Osaka, Hong Kong, Shanghai… soy uno de los mejores”- y ahora dividía su tiempo entre el de Phnom Penh y el crucero.

Entre platos de pescado, arroz, verduras fritas y vasos de cerveza se repartieron anécdotas de sus vidas sobre el mar. Desde el día en que el menor y al que le faltaban las dos paletas casi termina siendo la cena de un tiburón en el mar de filipinas, hasta la noche en que el crupier repartió cartas en un juego entre el hijo del presidente japonés y un magnate ruso. Las historias iban y venían, y aunque la verdad me costaba creer el 80% de lo que me decían, me divertía ver cómo los hermanos competían por ver quién de los dos captaba más mi atención.

Cuando el último vaso de cerveza iba llegando a su fin Isidoro comentó que la noche anterior un millonario tailandés había ido a jugar al casino de Phnom Penh y le prometió si ganaba darle el 3% de sus ganancias. Según comentó, el hombre iba casi todos los días al casino de la ciudad y después de haberlo conocido tanto hasta se animaba a ir a buscarlo a la casa porque creía que el filipino era “el mejor crupier del mundo”.

Esa noche el millonario tailandés había hecho 180 mil dólares y al final sólo le dio 200 dólares a Isidoro. Había cierta bronca e indignación en su relato. No podía entender cómo un cliente de tanto tiempo lo había engañado de esa manera y prometió no volver a repartirle cartas a menos que lo hiciera perder una gran suma –porque según él, el destino de las cartas estaba siempre en sus manos.

Cuando la cerveza se terminó, los dos hermanos hicieron varios comentarios en camboyano mientras yo hablaba con “mi futura mujer” sobre Argentina, Sudamérica y mis viajes por Asia. Isidoro me interrumpió y me dijo que como “ya era parte de la familia” quería enseñarme algunos secretos de su trabajo como crupier. Victorino sonrío y me comentó que su hermano nunca lo dejaba ver cómo hacía “magia con las cartas” porque no quería que se vuelva adicto a las apuestas. Pero, como este era un día especial para ellos, íbamos a disfrutar de una clase de Black Jack gratis por parte de un profesional.

Agarró un mazo de cartas Circus y las mezclo de distintas maneras. Arriba y abajo, con una mano, dos, con un dedo… El tipo hacía lo que quería con esas 52 cartas y yo sólo podía mirarlo asombrado. Victorino también sonreía mientras su hermano movía de lado a lado las cartas.

Sacó un anotador que tenía cerca en una mesada y empezó a describir de manera muy básica de qué se trataba el juego: los puntajes, las diferentes sumas, la cantidad de jugadores, las apuestas, las ganancias del casino y, por supuesto, el trabajo de él, el crupier.

Me mostró de diferentes maneras cómo podía hacer que un jugador gane o pierda a su antojo. Primero me demostró que sabía algo de magia y que podía adivinar cualquiera de las cartas que yo eligiese del mazo. Saqué un nueve de corazones y, después de una exhaustiva mezcla de mi parte, él lo encontraba sin demasiados problemas. Elegía una K de trébol y la encontraba. Lo mismo hizo cuatro o cinco veces, para dejarme en claro que era el rey del mazo. El segundo paso fue mostrarme cómo podía hacer que una persona sacara Black Jack con su ayuda sin que su oponente se diera cuenta, y por ende cómo podía hacer que cualquiera gane en su juego preferido.

Me lo demostró también varias veces con su mazo Circus, y poco a poco mi mente se hacía parte de la película 21 Black Jack. Pensaba en lo fácil que podía ser ganar plata en un casino con un amigo así y me imaginaba caminando por las calles de Las Vegas visitando lugares como el Cesar Palace, el MGM o el Hard Rock. De hecho, mi cabeza hasta fantaseaba con los miles y miles de dólares que iba a compartir con mi nueva familia filipina –sí, en mis sueños también había tiempo para un gran casamiento con María, obvio.

Isidoro también me dijo que el gran problema de los apostadores es su avaricia y que en la mayoría de los casos no saben cuándo decir basta. Por eso me explicó algunos trucos para irme rápido de una mesa y poder quintuplicar mis ganancias en tan sólo 10 minutos. Todo parecía perfecto, sólo faltaba poder llevarlo a la práctica y hacer del pequeño sueño una realidad.

Pero esos últimos minutos en la mesa fueron los que transformaron rápidamente el sueño en una pesadilla. Aunque en mi inconsciente me imaginaba esa noche disfrutando de las ganancias que íbamos a hacer con Isidoro –siempre comentó que de lo que uno ganara se repartía 50 y 50 con el crupier, osea, él-, me comentó que esa semana ya no iba a trabajar en el casino. “No voy todos los días porque también tengo el trabajo del crucero, pero me dejan hacer menos días porque soy el mejor” dijo sonriendo. “Pero si querés puedo organizar una mesa privada para nosotros, conozco mucha gente, y el tailandés millonario se que quiere seguir apostando. Podemos sacarle toda la plata” comentó frotándose las manos.

No reaccioné rápido. De hecho, quizás mi inocencia o esa pizca de imaginación que me llevaba a llenar mi billetera de dólares me hizo seguir la corriente por un buen rato. Isidoro parecía convencido en llevar a cabo su plan maestro y sólo le faltaba elegir quién iba a ser su próxima víctima –aunque en realidad lo tenía muy en claro desde un principio y era cuestión de tiempo para que su estafa al mejor estilo Oceans Eleven llegara a su fin.

Intercambiando su mirada entre las cartas y mi cara de afortunado, incitó a Victorino a que llame a sus compañeros para organizar una clásica tarde de Black Jack. “Que traigan plata que vamos a tener un invitado muy especial en la mesa” le soplaba al oído mientras el otro hacía sus arreglos para que en pocos minutos la casa se colmara de “apostadores” voraces listos para probar su suerte en la famosa mesa de Isidoro. Obvio que según él todo estaba muy bien arreglado para que él y yo fuésemos los grandes ganadores de la tarde.

Fue ahí. Fue en ese mismo momento mientras el teléfono sonaba y los primeros invitados de la tarde iban llegando a la mesa. Ahí mi cabeza fue aclarando el panorama. Poco a poco iba entendiendo todo. Y aunque una pequeña parte de mí quería seguir en ese sueño, el resto sabía muy bien de qué se trataba. Todo era muy obvio. El plan era maestro, pero yo no era parte. Bah, era parte, la parte que iba a terminar adentro de su gran estafa.

Pero al mismo tiempo algo en mí no quería ser desagradecido: había comido y tomado gratis todo el día y pasado un buen rato con mis “amigos” filipinos. Y aunque sabía que el desenlace no iba a ser el mejor, creí que lo mejor iba a ser dejar todo claro e irme de la casa de la mejor manera. Sin problemas ni asperezas. Así que sin más decidí declinar la oferta pensando en ese momento que tenía la “mejor” –aunque obviamente fue la peor…- excusa para salir aireado de la situación: “No tengo plata en este momento así que no voy a poder jugar hoy… Pero lo dejamos para otro día seguro” le respondí a Isidoro mientras Victorino recibía a sus invitados. Insistió, y aunque contemplé otras excusas como que no me alcanzaba el tiempo o que prefería seguir “aprendiendo” antes de apostar, su insistencia lo llevó a sacar 200 dólares de su bolsillo y dármelos para ganarle al tailandés multimillonario y su séquito de “apostadores de Monopoly”.

Pasaron pocos minutos y la mesa de Black Jack se había armado en la casa de los hermanos filipinos y ahí estaba yo, en el medio intentando desaparecer de alguna manera. Obviamente el poco tiempo que les llevó a las tres personas en aparecer incluyendo al tailandés, no hacía más que confirmar mi sospecha y obligarme a abandonar el lugar antes de que mi estadía termine transformándose en un gran problema para todos –sobre todo para mí…

Mientras los “jugadores” se acomodaban en la mesa y buscaban su mejor posición, Isidoro mezclaba las cartas y con una mirada cómplice me miraba y guiñaba el ojo con muy poco disimulo. A esa altura no sabía qué pensar: era la estafa más estúpida del planeta, y aunque parcialmente yo había caído, en ése momento era todo tan bizarro y elocuente que no había posibilidad de que alguien se entregara sin aunque sea desconfiar de sus contrincantes y el poco profesionalismo del timo que estaban llevando a cabo. Por ejemplo, el tailandés millonario del que tanto me había hablado Isidoro también tenía algunos dientes menos, su supuesta cadena de oro tenía más partes oxidadas que pintadas y su camisa blanca tenía varias manchas de comida. Los otros dos compañeros eran aún peor y hacían que esa supuesta mesa VIP de la que los hermanos tanto me habían hablado fuera más parecida a la de una reunión de ex convictos fracasados adictos a los billetes del Monopoly.

Aunque intenté varias veces levantarme de la silla y dejar la mesa, la rapidez de los “jugadores” para sentarse y la velocidad de Isidoro para repartir las cartas y las fichas me dejó mal parado. En pocos segundos había cientos de dólares arriba de la mesa y fichas en forma de apuesta sobre el paño verde. Las miradas iban todas enfocadas hacia mí y pedían que mis manos dieran el primer paso y apuesten, aunque sea, los 200 dólares que me habían dado en forma de préstamo. Me negué, nuevamente y dije que sería mejor que vaya a buscar mi propia plata porque no me gustaba usar la de los demás. Pero me dijeron que después podía ir, y con un pequeño guiño en el ojo el mayor de los filipinos me entregó mis cartas.

Las relojeé por unos segundos. Por lo menos quería saber si en su pequeña estafa había lugar para los trucos de magia de Isidoro. Tenía una A de corazón y un 10 de trébol. 21, no era Black Jack, así que me permitía seguir la mano sin mostrar mis cartas. En ese momento pensé en apostar todo, ganar esa mano y llevarme sus apuestas haciéndolos caer en su propia trampa. Aunque, por supuesto, eso iba a ser casi imposible. De alguna manera se iban a salir con la suya, pero por lo menos, me iba a sentir tranquilo de demostrarles que estafar a un argentino pobre no iba a ser la mejor opción para el futuro.

Puse 50 dólares en fichas en la mesa y los demás hicieron lo mismo. Como era de esperarse esa primera mano fui el gran ganador. Todo a mí. De 200 pasé a tener 350 dólares, nada mal si pensaba que en mi bolsillo en realidad sólo me quedaban $5 y no pensaba gastarlos por lo menos hasta que la noche se pusiera en Phnom Penh. Llegó el turno de la segunda mano. Mi cabeza sólo pensaba en cómo podía hacer para dar vuelta la situación y dejarlos aunque sea un poco en ridículo. Y aunque sabía que eso iba a ser muy difícil, mi sueño ya frustrado me obligaba a arriesgarme.

Dos nuevas cartas aparecieron frente a mí. Un 6 de picas y un 9 de trébol. 15 puntos, una mano perdida. Si pedía una más sabía que Isidoro me iba a dar algo alto para que me pasara –con la excusa de que para que los demás no sospechen también tenía que perder alguna mano- y si me quedaba ahí cualquiera de los de la mesa iba a tener un número más alto. Decidí dejar las sospechas de lado y volví a apostar 50 dólares, dejando mi supuesta ganancia en 100 dólares y con la posibilidad de irme en la siguiente mano.

Pasó lo que tenía que pasar: el tailandés se llevó la mano con 19 puntos y volvió a recuperar lo que había perdido en un principio. Mientras contaba sus pocas fichas –raro para alguien que derrochaba plata como me habían contado en un principio los filipinos- Isidoro me miró y volvió a guiñar su ojo con poco disimulo. En su cara la próxima mano era mía. En mi cabeza, esa mano ya no existía… Decidí anunciar mi salida de la manera más “educada” posible.

No pasó ni un segundo que todos me miraron estupefactos. “¡Cómo te vas a ir si vas ganando!” soltaron con indignación e insistiendo que me quede sentado. Victorino, el filipino bajito que llevaba con mucha honra su gran sonrisa sin las dos paletas de arriba, me agarró del brazo y me pidió que me quedara jugando prometiéndome que me iba a ir muy bien. Volví a repetir que quería irme, que prefería jugar con ellos en un casino y ahí sí apostar de verdad. Pero esa excusa tampoco sirvió… Me miraron sonriendo, aunque no era una de esas sonrisas simpáticas, sino más bien mostrando su enojo y descontento.

De repente, Isidoro se levantó de su silla y tirando todas las fichas al piso me dijo que era un tramposo y que no estaba preparado para jugar al Black Jack de verdad. Pero sus palabras en realidad mostraban su descontento por no lograr llevar a cabo su “estafa maestra”, esa que planeamos juntos, y que en realidad me tenía como verdadera víctima. El Tailandés reaccionó de una manera diferente, aunque con un poco más de timidez a la hora de enfrentarme por abandonar la partida.

En pocos segundos los tres jugadores habían agarrado su plata de la mesa e Isidoro se había puesto los 200 dólares que me había prestado en el bolsillo. “Agarrá tus cosas y andate de mi casa” me dijo de un momento a otro. A esa altura María, “mi futura mujer”, me esperaba en la puerta con dos camboyanos en moto. Victorino, algo avergonzado por la situación, se escondía atrás de su hermano. Yo, por mi parte, les agradecí la comida gratis y la buena compañía de la tarde y decidí salir de su casa. “Él te va a llevar al Marcado Central de vuelta, pero tenés que pagarle 5 dólares, ya no sos más parte de esta familia” me gritó Isidoro indignado y algo confundido porque su estafa no había salido como él lo esperaba.

Aunque confiar en ese motoquero que de manera muy sospechosa me esperaba adentro de la casa era lo último que debería haber hecho, la situación me obligó a arriesgarme. Me subí en la moto con la idea de por lo menos salir de esa casa camboyana que hace algunas horas parecía ser mi nuevo hogar y que ahora era lo más parecido a un loquero filipino.

Avanzamos una cuadra hasta que nos cruzamos con una nueva moto que nos esperaba para seguirnos no sé exactamente a dónde. Y aunque mi sentido de la ubicación es bastante malo, y mucho más en un país que conozco poco, el camino que tomamos parecía ser totalmente diferente al que habíamos hecho a la ida. Dudé varios segundos y pensé mis posibilidades: seguir hacia lo desconocido y esperar a que los motoqueros camboyanos terminen lo que los filipinos habían empezado en la casa, saltar de la moto y llevarme de recuerdo algunos raspones o usar la inteligencia e intentar salir de esa situación sin que uno de los dos camboyanos quisiera comerme vivo.

A los pocos metros, y mientras la otra moto nos seguía con cautela, decidí buscar una buena y rápida excusa para bajarme. Toqué el hombro del camboyano con algo de miedo y cuando miró para atrás le dije que me había olvidado algo en la casa y que tenía que volver. Inmediatamente quiso dar la vuelta y llevarme él, pero insistí y pude bajarme mientras él intentaba apagar su moto. Miré a los dos lados y ví que en una de las esquinas había un grupo de personas hablando. Sin pensar mucho empecé a correr. No tuvo tiempo para apagar el motor, y aunque intentó agarrarme del brazo, pude escaparme de ese camboyano que esperaba llevarse de regalo unos cuentos dólares de un salame argentino.

En la esquina y gracias a que el destino me tiró un nuevo centro, me encontré con un tuk-tuk bastante más confiable que ofreció llevarme al Mercado Central por sólo 3 dólares. Dejamos atrás a la moto y el camboyano enojado –que por no quedar en ridículo con sus compatriotas ni mostrar una de las caras de s estafa prefirió no seguirme hasta la esquina- y pasamos nuevamente por la casa de los hermanos filipinos. Ahí estaba Victorino, el filipino bajito que llevaba con mucha honra su gran sonrisa sin las dos paletas de arriba, mirando por entre la puerta. Nuestras miradas se cruzaron. De alguna manera sentí que sus ojos intentaban pedirme perdón por la “estafa maestra” que habían intentado sobre mí. Los míos, por su parte, le agradecían: en esas cuatro horas con los hermanos filipinos había aprendido la magia detrás del Black Jack, me había casado con María en una playa paradisiaca, había sido millonario, había recorrido los casinos de Las Vegas y había comido gratis comida khamer; justo lo que tanto había deseado esa mañana cuando mi paseo por las calles de Phnom Penh había recién empezado.

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