La difícil tarea de decirle no a lo que siempre quisiste

Creo que cualquiera que viaja, y que lo hace solo durante mucho tiempo, sueña con encontrar a esa persona algo “especial” que lo acompañe y se sume a su ruta. Esa compañera –o compañero para algunos…- que disfrute del camino tanto como uno. Que cargue su mochila lado a lado con una sonrisa y buscando las mismas aventuras. Esa persona perfecta que no se queja ni reprocha nada. Solo disfruta estar al lado tuyo…

Cuando yo empecé este viaje, cuando decidí tomarme un avión si un rumbo muy fijo y sin mucha idea de lo que iba a pasar, tenía muy pocas cosas dando vuelta por mi cabeza. Muy pocas seguridades sobre lo que iba a hacer. Pero había una que aparecía todo el tiempo; y no sé si por su perseverancia o porque realmente me gustaba, pero se transformaba poco a poco en uno de mis mayores objetivos: conseguir una compañera de viaje. No una novia. Tampoco una amiga. Una compañera. Una persona para compartir parte de lo que me iba pasando. Disfrutar juntos sin esperar mucho del otro ni exigir nada de esa relación. Algo difícil de encontrar, tal vez utópico en un principio, pero no imposible…

Para mí volver a Australia era parte de una derrota interna. No estaba en mis planes, pero se coló sin pedir permiso y aprovechándose de mis grandes necesidades. Básicamente de tener sólo un puñado de dólares en mi cuenta y de querer más para poder seguir viajando. Esa fue la única excusa y por el único motivo que llegué a Mildura, una ciudad fantasma en el sur de Australia conocida por ser una de las mayores productoras de uvas del país. Y por ende un buen lugar para trabajar durante la cosecha, hacer algo de plata fácil y volver a darle rumbo a mi viaje.

Pero Mildura era realmente una ciudad fantasma. Un lugar en el que de día era una misión imposible cruzarse con una persona por la calle. Una ciudad donde había un solo bar con wifi y donde los fines de semana la gente con suerte se juntaba en el centro a tomar una cerveza. Una ciudad aburrida en la que por supuesto conocer a alguien era difícil, y mucho más si uno trabajaba de lunes a lunes de 5 de la mañana a 12 del mediodía levantando sandías -sí, en serio, levantando sandías… Entonces ahí sí se hacía más que una misión imposible conocer a alguien.

Por eso cuando ella entró por la puerta de nuestra casa en Mildura el tiempo se detuvo unos instantes. No sé cuánto. Sebas y yo no sabíamos qué decir. La sorpresa de encontrar algo inesperado fue lo que nos dejó sin palabras. Sin saber cómo reaccionar. En un abrir y cerrar de ojos pasamos de la aburrida soledad que nos rodeaba en esa ciudad fantasma a compartir el tiempo con una rubia sueca que venía a trabajar en el campo. Igual que nosotros. Igual, pero diferente…

Katja Johansson tenía 24 años, había vivido en Mildura 5 meses en el 2014, y gracias a ese tiempo había conocido a Larry, un granjero de 30 años que era dueño de algunos de los campos de morrón más grandes del estado de Victoria. Por eso cuando después de unas largas vacaciones por el Sudeste Asiático y Suecia decidió volver a Australia, su destino fácil y seguro era volver a la ciudad fantasma y trabajar como mano derecha de Larry.

Nosotros habíamos llegado a Mildura con la idea de trabajar en la cosecha de uvas, pero por varios motivos que ahora no van al caso, terminamos siendo parte de un grupo multiétnico de 12 personas –donde había iraníes, taiwaneses, malayos, un gales, un sudanes y bueno, dos argentinos…- que se levantaban todos los días a las 4 de la mañana para levantar sandías. Sí, sandías. De todos los tamaños, formas, pesos y colores diferentes de los cuales desconocíamos su existencia hasta ese momento. Por eso era que cada vez que volvíamos a nuestra casa, después de 10 horas de agacharnos y agacharnos a levantar infinitamente 10 kilos de acuosa fruta; llegar y verla a Katja era… era algo así como una “bendición”.

Su frialdad, o por lo menos lo poco que le quedaba de esa forma de ser por venir de un país nórdico, se fue transformando y derritiendo después de varios días de compartir tardes y noches con nosotros. Nuestra relación también fue creciendo de menor a mayor: de ser una simple espectadora de la vida de dos argentinos rebuscándoselas en Australia, pasó en pocos días a ser parte de esa pequeña familia que éramos Sebas y yo. Nos mudamos todos a un mismo cuarto, cocinamos todos los días para los tres, matábamos el aburrimiento con copas de vino y tardes de Monopoly –hecho a mano con cartón y papeles de colores-, y nos dormíamos después de dos o tres capítulos de How I Met Your Mother –que terminamos de ver completas sus nueve temporadas en tres semanas y se transformó poco a poco en su serie preferida.

La vida en el campo se fue haciendo cada vez más y más llevadera. Y aunque levantarse a las 3 de la mañana para ir a levantar ocho horas seguidas sandías no era el plan más tentador del mundo, la espalda se fue curtiendo y para la segunda semana se había transformado en algo de todos los días. Ya no molestaba el horario, ni el peso, ni la poca plata que nos pagaban por hora -13 dólares, algo inexistente en un país como Australia… Todo eso ya era parte de nuestro día a día, al igual que Katja.

Ella sabía que esa energía, esa conexión que habíamos tenido en tan poco tiempo, no era común. Había tenido algo así como suerte de cruzarnos en su camino, de poder compartir un nuevo paso por Mildura “acompañada”. Disfrutaba esas clases de español improvisadas que la acercaban un poco más a su “sueño” de hablar nuestro idioma fluido. Y de su idea, algo fantasiosa, de irse a vivir a Barcelona e instalarse en la capital de Cataluña para siempre. Buscaba algo, no se muy bien qué, y poco a poco se enamoraba de esa idea utópica de tenernos ahí a su lado.

Pero pasó algo en el medio. Un día algo cambió entre ella y yo. Sin querer nuestra relación se fue transformando. Podría buscar mil excusas o motivos y echarles la culpa de todo. De arruinar esa “familia” que habíamos formado o ponerle fecha de vencimiento. Aunque la realidad es que la verdadera culpa fue de ese primer beso. Fue raro… llegó de manera inesperada. No lo venía venir…

Una de las pocas noches libres que tuvimos en Mildura y que por la simple necesidad de cambiar de aire –después de levantar sandías casi siete días seguidos nos habíamos vuelto en personas anti-sociales-, habíamos decidido darle una oportunidad a la noche de la ciudad. Y aunque no prometía mucho, un par de vinos y alguna que otra cerveza –algo que escaseaba generalmente por lo caro que son en Australia- nos llevó a jugar a las indirectas toda la noche. Una que iba, otra que venía. Iban y venían constantemente. Se deslizaban constantemente sin dar mucho más lugar a las palabras. Estaba todo dicho. Y así, sin mucho más anticipo y después de varios días de convivencia se dio. Ahí… ahí cambió todo.

Habíamos transformado esa relación amistosa e inocente, en algo mucho más profundo. Mucho más intenso. Algo que en pocos días hizo que ella empezara a replantearse sus planes. Sus ideas súper chamuscadas sobre su futuro en Australia. Sus próximos meses en Byron Bay -en la famosa Golden Coast australiana- con su mejor amiga y su viaje a Barcelona. Y aunque no lo decía, algo en ella quería seguir nuestros pasos. Mis pasos.

Se notaba en su ánimo, sus charlas, sus preguntas… Indirecta tras indirecta intentaba acercarse más y más. Ya no ser simplemente esa sueca que conocimos en Mildura. Quería ser algo más. Parte de ese plan indeciso que yo tenía con Sebas. De esa idea incierta y tentadora de la que ella no sabía nada al respecto pero le gustaba. Le interesaba. La quería mucho más que a las suyas, y sabía que tenía que hacer hasta lo imposible para poder ser parte.

Empezó de a poco: su primer cambio fue al decidir salir el mismo día que nosotros a Sydney, sin importarle dejar su trabajo sin mucho anticipo y cambiando ya de por sí su primer plan de llegar a Byron Bay en primera instancia.

Su segundo movimiento fue dos noches antes de que dejáramos Mildura. Como festejo decidimos salir a tomar unas cervezas. Fueron varias y como era de esperarse los tres terminamos algo borrachos. Y ella, aprovechó: de a poco fue deslizándonos, primero a Sebas y después a mí, que quería seguir el viaje con nosotros. Que quería viajar. Quería seguir siendo parte de esa familia que habíamos formado, y seguir con nuestra relación. Esa que para mí tenía fecha de vencimiento. Pero para ella no. Y quería que la invitáramos. Que le pidiéramos seguir con nosotros. Que la hiciéramos parte de nuestro sueño hindú. Que la sumemos a nuestro viaje a India.

Fue esa misma noche, pero cuando ya estábamos ella y yo solos, que llegó esa pregunta que me hubiese gustado escuchar cuando empecé el viaje, esa con la que tanto fantaseé y que tantas veces se apareció en mi mente como la solución a todo. Como si fuesen parte de una tormenta las palabras cayeron de su boca y le pusieron punto final a la espera que tanto se había hecho desear: “quiero viajar con vos a India, ¿me invitás?”. Y así, por arte de magia, después de escuchar ése pedido el deseo se había ido. Ya no existía. No necesitaba o no quería esa compañera que tanto había añorado en un principio. Y no era ella, o tal vez sí, pero mi cabeza tenía muy en claro cuál era la respuesta.

Intenté ser sutil, esquivar la presión y responderle sin lastimarla. Aunque sabía que cualquier respuesta que saliera de mi boca que no fuese la que ella esperaba iba a terminar con lo inevitable. Esa mezcla entre la tristeza y la bronca que amenazaba con terminar esa familia que habíamos formado.

Lo pensé una, dos, tres veces y después de respirar profundo y mirarla a los ojos le dije lo que ella no estaba esperando. Lo que ella quizás no imaginaba. Le di la respuesta que terminó esa fantasía que habíamos empezado hace poco más de un mes en Mildura. Le dije que no a lo que había soñado mucho antes cuando había empezado este viaje. Le dije que no a lo que siempre quise…

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4 thoughts on “La difícil tarea de decirle no a lo que siempre quisiste”

  1. I wish I spoke Spanish properly! I know I cannot read your blog post, but I fell in love with your photo and wanted to tell you how beautiful it is. Colours, lighting and angle are just sublime 😀

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    1. Hey! Thanks very much for the comment. The photo is beautiful, but its not mine… I just used it to express the fealing of the post. But if you want to check out more about the artist (its amazing) look it up in Instagram: Murad Osmann. He has an amazing set around the world with his girlfriend.

      Liked by 1 person

  2. Me encantó lo que escribiste!!! Casi sentí que estaba ahí presenciando todo. Qué pena que te hayas decidido por el No, pero por algo será.

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