Un largo camino al Tibet

Estábamos sentados al lado. Un simple apoya brazos separaba su “túnica” naranja de mi flaco y frío cuerpo. Pasamos eternas horas de viaje por la montañosa ruta que une Chengdú (la capital de Sichuan) con Kangding (la ciudad más importante de la prefectura autónoma tibetana también en Sichuan) y el silencio era lo único que se escuchaba en nuestra imaginaria conversación.

Algo en mí se moría de intriga y quería, o mejor dicho deseaba, hablar con ese joven que llevaba con honra su cabeza pelada y que miraba constantemente el rosario budista que colgaba de su cuello. Pero tuvieron que pasar poco más de 5 horas para que mi boca se animara a deslizar esas primeras palabras. Fueron un tímido “ni hao” y un oxidado “do you speak english?”. Pero sirvieron para empezar una atractiva charla que de alguna manera me introdujo al mundo del budismo tibetano, en su forma de pensar, de ver el mundo, su religión, las personas…

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Rens, el holandés que nunca hizo nada…

Se ve que la vida tenía bastantes ganas de que nos cruzáramos. Lo ví por primera vez el día que llegué a Tokyo. Él había llegado unos pocos días antes que yo y dormí en una cama abajo de la mía en el Wasabi Guest Hotel. Esos primeros momentos juntos fueron los clásicos que viven dos “viajeros” que se encuentran al azar en un cuarto de un hostel: ¿De dónde sos? ¿De qué país del mundo venís? ¿Por qué estás viajando? ¿Cuánto tiempo te queda? Y ¿Cuál es tu próximo destino? Básicamente el cuestionario preferido, y al mismo tiempo más odiado, de todo viajero.

Me contó un poco de su vida, aunque para ser sincero lo escuché muy poco. Se llamaba Rens y era holandés, eso fue quizás lo único que escuché y retuve de toda nuestra charla. No sé si por algún motivo –quizás era porque era mi primer día en Japón y estaba bastante cansado- lo ignoré por completo. Nos cruzamos dos o tres veces más en esos días, pero volví a esquivarlo sin razón…

Pero la vida o el destino tenía preparado otro encuentro fortuito para Rens y para mí: esta vez fue en China, casi un mes después de que nos viéramos las caras en Tokyo, y también en mi primer día en Beijing. Como era de esperarse en este tipo de ocasiones, nos saludamos con un gran abrazo como si nos conociéramos de toda la vida. Esos abrazos mitad falsos y mitad reales en los que uno piensa qué bueno verte de nuevo aunque no me importes un carajo… Y bueno, no es muy común cruzarte a alguien dos veces y mucho menos en dos países totalmente diferentes.

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Itchy, la chica que quería cambiar el mundo

Sin dudas se trató de otro de esos encuentros con la firma del destino. No sabría de qué otra manera explicar estas casualidades o azares de la vida. Yo venía de un día complicado: había intentado por todos los medios salir de Chengdú, la ciudad más importante de la provincia de Sichuan en China, para viajar al Tibet; pero ese día se me había hecho imposible. Me atrasé después de pasar más de una hora intentando cambiar plata en un banco en donde sólo atendían dos cajeros de diez – sí, evidentemente ésto pasa en todo el mundo- y no logré llegar a tiempo al colectivo que tenía que tomar para llegar a Kangding, una de las ciudades más grandes del poco conocido y salvaje oeste chino.

Era lunes si mal no recuerdo y la única opción que me quedó fue buscar un lugar para dormir esa noche que, de ser posible, estuviera cerca de la estación de colectivos así no me volvía a pasar lo mismo. Tuve suerte. En uno de esos mapas molestos que entregan en todos los hoteles una y otra vez encontré la dirección de un lugar a pocas cuadras de Dong TiaMen, la estación de Chengdú. Aproveché que viajo ligero de equipaje y me digné a caminar unas cuadras esperando encontrar el lugar que tenía como nombre FlipFlop Lounge Hostel

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Sin pasaporte: ser un ilegal en Australia

Capítulo 1: algunas confesiones

Primero que nada aprovecho para confesar que terminé haciendo lo que en todo momento dije que no iba a hacer en este viaje: trabajar en Australia. Aclaro que no es porque tenga nada en contra del país o de su gente –de los que sé muy poco para ser sincero. Pero simplemente no era parte del objetivo de mi viaje y desde un principio –y en parte acepto que desde la testarudez de querer apegarme a mi idea- me planteé que eso no iba a suceder. Obviamente en este tipo de viajes, como diría un amigo mío alemán, el mejor plan de todos es no tener un plan. Dejarse llevar por las cosas que pueden ir pasando y aceptar todo lo que viene como una nueva experiencia de vida.

Teniendo en cuenta los reveses de los primeros días de viaje –sobre todo haber perdido mi equipaje-, la oportunidad de ahorrar una buena cantidad de plata para poder seguir viajando no era algo que podía desaprovechar así como así.

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Perdidos en Tokio: el día que abrieron un aeropuerto entero para mí solo

¿Sabías que en Japón viven las personas más amables del planeta tierra? ¿Que en su vida no existe el no como respuesta? ¿Qué hacen lo imposible para ayudarte aunque no puedas hablar ni cuatro palabras en su idioma? Bueno quizás exagere un poco, y seguramente en el mundo exista gente igual o más amable –no lo sé y no lo pude comprobar todavía… Pero después de vivir casi un mes en el país y perderme infinidad de veces pude darme cuenta que a veces el idioma no es una barrera sino todo lo contrario, puede ser un primer paso para romper el hielo. Me di cuenta de que una seña a veces vale mucho más que mil palabras hiladas gramaticalmente de perfecta manera; y un gesto, por más pequeño que sea, sin dudas sirve para demostrar que el que tenemos enfrente por más que sea un desconocido puede transformarse en poco tiempo en un ser entrañable.

Pero quizás, sólo quizás, todo lo que dije arriba sea puro chamuyo o conjeturas de un pibe con suerte al que la siguiente historia –entre otras- le hicieron conocer el verdadero Japón.

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Perdidos en Tokio: La teoría

Lo conocí de casualidad. Quizás por una de esas casualidades del destino o simplemente porque apareció ahí, en la cocina del Ace Inn de Tokyo, un hostel capsula ubicado en una zona muy céntrica de Tokyo. Yo estaba tomando una cerveza pensando qué hacer de mi noche. Las opciones no eran muchas: o me arriesgaba solo y salía a ver qué me deparaba la reconocida noche de Shinjuku, o guardaba mis energías para el viernes y buscaba una opción menos aventurada. Entre tanto dilema y poca respuesta lo encontré a él, uno de esos personajes que hacen que tu vida sea más entretenida aunque sea por unos instantes.

Tenía puesta una camisa blanca que resaltaba con su color de piel negro. Miraba su tablet como si nada en el mundo fuera mejor que esos 15 centímetros de pantalla táctil y sonreía cada vez que un sonido extraño se escapaba de los parlantes de su “surface”. Yo abrí mi cerveza, como si nada más importara en ese momento que la fría sensación de la malta japonesa bajar por mi garganta. Él miró, seguramente esperando que yo le ofrezca aunque sea un trago de mi refrescante y económica Sapporo.

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Cosas que me van pasando mientras le intento dar la vuelta al mundo