Perdidos en Tokio: ¿Qué mierda hago en Japón?

La cabeza me explotaba. Uno de esos dolores complicados que no tienen mucha explicación y que hacen que todo lo que tenés a tú alrededor sea estúpidamente incómodo. Creo que algo –o mucho- tenían que ver las pocas horas de sueño de mi último día o quizás no haber comido casi nada en las últimas 15 horas… Pero poco importaba en ese momento, mi cabeza no podía pensar en otra cosa que en ese incesante dolor que revoloteaba por toda mi sien. Yo, en cambio, intentaba darme cuenta de la otra realidad que me estaba rodeando: había llegado a Tokyo, uno de esos lugares que se me habían cruzado en muchísimas ocasiones en sueños y que en ese momento, sin saber muy bien porqué, tenía enfrente mío.

Mi cabeza igual sólo podía pensar en el dolor que tenía y en cómo deshincharse… Tal vez una aspirina podía ayudar, o mejor aún, frenando en algún lugar a comer algo.

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El abrazo eterno de tres desconocidos

El avión de Jetstar vuela por un cielo despejado vaya uno a saber sobre qué porción de tierra o sobre qué pedazo de mar del oeste asiático. Mi próximo destino es Tokio. Quién lo hubiera pensado, hace dos meses y medio estaba tirado en mi cama en Buenos Aires, buscándole un sentido a mi vida e intentando entender los confusos misterios de mi cabeza que me habían llevado a planear un viaje utópico con pocos billetes en el bolsillo y de tiempo indeterminado. Ahora estoy a un paso de Japón, uno de los lugares que siempre quise conocer, pisar y respirar. A un paso de la tierra de los samuráis, el sushi, el sumo, los tatuajes con tebori, los karaokes y el futuro. Mi cabeza igual no puede dejar de pensar en ese abrazo. Ese enorme abrazo entre tres personas que hasta ayer eran tres desconocidos y hoy son parte de una familia. Una extraña familia unida por la soledad y la distancia, la comida barata y las eternas charlas en tres idiomas diferentes. Una extraña familia unida por un circo del que nunca pensé formar parte y que hoy descansa feliz en mi memoria como un recuerdo imborrable de mi vida. Un lugar que odié y amé de la misma manera, y que me dio un mes y medio de anécdotas, historias y personas. Pero no me quiero ir de tema…

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Crónica de un viaje (in)olvidable

Los siguientes hechos son reales y ocurrieron de manera cronológica en el lapso de 72 horas. Se pisaron 6 aeropuertos internacionales, se tomaron 5 vuelos distintos y se pasó por 3 continentes.

Señores pasajeros, les habla el capitán: en minutos comenzaremos el aterrizaje en el aeropuerto internacional de Bali. Les pedimos que por favor vuelvan a sus asientos, abrochen sus cinturones y reclinen su respaldo”. Esas simples palabras bastaron para que mi mente decidiera relajarse de una buena vez y entender que por fin, sí por fin, estaba a un paso de llegar a mi esperado destino. No me acuerdo bien si fue la música que salió de los altoparlantes del avión o si en ese momento tenía puestos mis auriculares –en mi mente hoy cuando recuerdo esa situación suena Just Breathe de Pearl Jam y logra relajarme como si todo lo sucedido hubiese sido parte de un incómodo sueño, pero esos largos minutos que el avión tardó en tocar suelo indonesio me sirvieron para pensar fríamente en las últimas 72 horas… No sé por qué, pero hoy desde esa corta lejanía empiezo a pensar que todo lo ocurrido puede llegar a ser un buen augurio para lo que resta de mi viaje.

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Cosas que me van pasando mientras le intento dar la vuelta al mundo