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La difícil tarea de decirle no a lo que siempre quisiste

Creo que cualquiera que viaja, y que lo hace solo durante mucho tiempo, sueña con encontrar a esa persona algo “especial” que lo acompañe y se sume a su ruta. Esa compañera –o compañero para algunos…- que disfrute del camino tanto como uno. Que cargue su mochila lado a lado con una sonrisa y buscando las mismas aventuras. Esa persona perfecta que no se queja ni reprocha nada. Solo disfruta estar al lado tuyo…

Cuando yo empecé este viaje, cuando decidí tomarme un avión si un rumbo muy fijo y sin mucha idea de lo que iba a pasar, tenía muy pocas cosas dando vuelta por mi cabeza. Muy pocas seguridades sobre lo que iba a hacer. Pero había una que aparecía todo el tiempo; y no sé si por su perseverancia o porque realmente me gustaba, pero se transformaba poco a poco en uno de mis mayores objetivos: conseguir una compañera de viaje. No una novia. Tampoco una amiga. Una compañera. Una persona para compartir parte de lo que me iba pasando. Disfrutar juntos sin esperar mucho del otro ni exigir nada de esa relación. Algo difícil de encontrar, tal vez utópico en un principio, pero no imposible…

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Con hermanos es mejor

De alguna manera y después de tantos meses le había agarrado el gusto a viajar solo. Estar solo. Fueron muchos días, horas, minutos y segundos de vivir dentro de mi enorme egoísmo, sólo para mí, con la única preocupación de contentar mi ego y sin depender de otro. Me había acostumbrado y había logrado sin darme cuenta aprovechar al máximo esa soledad que me rodeaba.

Era muy fácil: cuando quería estar solo; me aislaba de todo, buscaba un lugar alejado donde nada ni nadie pudiera molestarme y me hundía en un profundo y cálido autoconocimiento. Vivía para contentarme. Sólo eso importaba. Pero cuando la soledad atacaba mis entrañas y un sentimiento parecido al de extrañar empezaba a merodear y molestar mi felicidad, me refugiaba en un hostel lleno de personas y buscaba un compañero/a de viaje. Quizás algo descartable. Por unos días, unas semanas. Alguien que quizás nunca más volvería a ver. Una oreja que me escuche de tanto en tanto, una sonrisa para compartir alegrías, unos brazos para un abrazo e infinitas ganas de compartir una cerveza. Sólo eso. No era mucho pero bastaba y me daba las fuerzas para volver a mi faceta ermitaña con muchas más energías.

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Sin pasaporte: ser un ilegal en Australia

Capítulo 1: algunas confesiones

Primero que nada aprovecho para confesar que terminé haciendo lo que en todo momento dije que no iba a hacer en este viaje: trabajar en Australia. Aclaro que no es porque tenga nada en contra del país o de su gente –de los que sé muy poco para ser sincero. Pero simplemente no era parte del objetivo de mi viaje y desde un principio –y en parte acepto que desde la testarudez de querer apegarme a mi idea- me planteé que eso no iba a suceder. Obviamente en este tipo de viajes, como diría un amigo mío alemán, el mejor plan de todos es no tener un plan. Dejarse llevar por las cosas que pueden ir pasando y aceptar todo lo que viene como una nueva experiencia de vida.

Teniendo en cuenta los reveses de los primeros días de viaje –sobre todo haber perdido mi equipaje-, la oportunidad de ahorrar una buena cantidad de plata para poder seguir viajando no era algo que podía desaprovechar así como así.

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Perdidos en Tokio: La teoría

Lo conocí de casualidad. Quizás por una de esas casualidades del destino o simplemente porque apareció ahí, en la cocina del Ace Inn de Tokyo, un hostel capsula ubicado en una zona muy céntrica de Tokyo. Yo estaba tomando una cerveza pensando qué hacer de mi noche. Las opciones no eran muchas: o me arriesgaba solo y salía a ver qué me deparaba la reconocida noche de Shinjuku, o guardaba mis energías para el viernes y buscaba una opción menos aventurada. Entre tanto dilema y poca respuesta lo encontré a él, uno de esos personajes que hacen que tu vida sea más entretenida aunque sea por unos instantes.

Tenía puesta una camisa blanca que resaltaba con su color de piel negro. Miraba su tablet como si nada en el mundo fuera mejor que esos 15 centímetros de pantalla táctil y sonreía cada vez que un sonido extraño se escapaba de los parlantes de su “surface”. Yo abrí mi cerveza, como si nada más importara en ese momento que la fría sensación de la malta japonesa bajar por mi garganta. Él miró, seguramente esperando que yo le ofrezca aunque sea un trago de mi refrescante y económica Sapporo.

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