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Eterno viajero

Hace unos días, y por recomendación de una amiga cordobesa que me lo alcanzó a través de Facebook, leí una nota en un blog que se llamaba: “Volver A Casa Después De Vivir En Otro País No Es Tan Fácil Como Parece”. El título, largo por demás, me hizo pensar. No sabía si animarme o no a leer esa nota que parecía tener una respuesta a un problema que vengo arrastrando hace tiempo. Quizás no una respuesta, pero un entendimiento lógico a todo eso que me pasa y que no le encuentro solución -si es que la tiene.

Lo leí. Una vez. Dos veces… Tres. Lo releí para intentar entender si eso que decía en ese blog sobre el volver a casa después de un tiempo era real, si tenía algún tipo de sentido en mi cabeza. Después de darle una y otra vez, me encontré casi sin excusa y obligado a escupir estas palabras frente a la computadora para contar mi verdad. Mi verdad sobre lo que significa “volver a casa” después de un largo tiempo. Mi verdad sobre lo que para mí fue volver a encontrarme con lo que muchos llaman “realidad”.

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Un largo camino al Tibet

Estábamos sentados al lado. Un simple apoya brazos separaba su “túnica” naranja de mi flaco y frío cuerpo. Pasamos eternas horas de viaje por la montañosa ruta que une Chengdú (la capital de Sichuan) con Kangding (la ciudad más importante de la prefectura autónoma tibetana también en Sichuan) y el silencio era lo único que se escuchaba en nuestra imaginaria conversación.

Algo en mí se moría de intriga y quería, o mejor dicho deseaba, hablar con ese joven que llevaba con honra su cabeza pelada y que miraba constantemente el rosario budista que colgaba de su cuello. Pero tuvieron que pasar poco más de 5 horas para que mi boca se animara a deslizar esas primeras palabras. Fueron un tímido “ni hao” y un oxidado “do you speak english?”. Pero sirvieron para empezar una atractiva charla que de alguna manera me introdujo al mundo del budismo tibetano, en su forma de pensar, de ver el mundo, su religión, las personas…

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Rens, el holandés que nunca hizo nada…

Se ve que la vida tenía bastantes ganas de que nos cruzáramos. Lo ví por primera vez el día que llegué a Tokyo. Él había llegado unos pocos días antes que yo y dormí en una cama abajo de la mía en el Wasabi Guest Hotel. Esos primeros momentos juntos fueron los clásicos que viven dos “viajeros” que se encuentran al azar en un cuarto de un hostel: ¿De dónde sos? ¿De qué país del mundo venís? ¿Por qué estás viajando? ¿Cuánto tiempo te queda? Y ¿Cuál es tu próximo destino? Básicamente el cuestionario preferido, y al mismo tiempo más odiado, de todo viajero.

Me contó un poco de su vida, aunque para ser sincero lo escuché muy poco. Se llamaba Rens y era holandés, eso fue quizás lo único que escuché y retuve de toda nuestra charla. No sé si por algún motivo –quizás era porque era mi primer día en Japón y estaba bastante cansado- lo ignoré por completo. Nos cruzamos dos o tres veces más en esos días, pero volví a esquivarlo sin razón…

Pero la vida o el destino tenía preparado otro encuentro fortuito para Rens y para mí: esta vez fue en China, casi un mes después de que nos viéramos las caras en Tokyo, y también en mi primer día en Beijing. Como era de esperarse en este tipo de ocasiones, nos saludamos con un gran abrazo como si nos conociéramos de toda la vida. Esos abrazos mitad falsos y mitad reales en los que uno piensa qué bueno verte de nuevo aunque no me importes un carajo… Y bueno, no es muy común cruzarte a alguien dos veces y mucho menos en dos países totalmente diferentes.

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Itchy, la chica que quería cambiar el mundo

Sin dudas se trató de otro de esos encuentros con la firma del destino. No sabría de qué otra manera explicar estas casualidades o azares de la vida. Yo venía de un día complicado: había intentado por todos los medios salir de Chengdú, la ciudad más importante de la provincia de Sichuan en China, para viajar al Tibet; pero ese día se me había hecho imposible. Me atrasé después de pasar más de una hora intentando cambiar plata en un banco en donde sólo atendían dos cajeros de diez – sí, evidentemente ésto pasa en todo el mundo- y no logré llegar a tiempo al colectivo que tenía que tomar para llegar a Kangding, una de las ciudades más grandes del poco conocido y salvaje oeste chino.

Era lunes si mal no recuerdo y la única opción que me quedó fue buscar un lugar para dormir esa noche que, de ser posible, estuviera cerca de la estación de colectivos así no me volvía a pasar lo mismo. Tuve suerte. En uno de esos mapas molestos que entregan en todos los hoteles una y otra vez encontré la dirección de un lugar a pocas cuadras de Dong TiaMen, la estación de Chengdú. Aproveché que viajo ligero de equipaje y me digné a caminar unas cuadras esperando encontrar el lugar que tenía como nombre FlipFlop Lounge Hostel

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Perdidos en Tokio: el día que abrieron un aeropuerto entero para mí solo

¿Sabías que en Japón viven las personas más amables del planeta tierra? ¿Que en su vida no existe el no como respuesta? ¿Qué hacen lo imposible para ayudarte aunque no puedas hablar ni cuatro palabras en su idioma? Bueno quizás exagere un poco, y seguramente en el mundo exista gente igual o más amable –no lo sé y no lo pude comprobar todavía… Pero después de vivir casi un mes en el país y perderme infinidad de veces pude darme cuenta que a veces el idioma no es una barrera sino todo lo contrario, puede ser un primer paso para romper el hielo. Me di cuenta de que una seña a veces vale mucho más que mil palabras hiladas gramaticalmente de perfecta manera; y un gesto, por más pequeño que sea, sin dudas sirve para demostrar que el que tenemos enfrente por más que sea un desconocido puede transformarse en poco tiempo en un ser entrañable.

Pero quizás, sólo quizás, todo lo que dije arriba sea puro chamuyo o conjeturas de un pibe con suerte al que la siguiente historia –entre otras- le hicieron conocer el verdadero Japón.

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