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Chau India, gracias por todo (o, cómo carajo salió Argentina?!)

Las astas del ventilador dan vueltas, vueltas y vueltas. Pasaron algunas horas desde que lo miré por última vez con la claridad que lo veo ahora, pero podrían haber pasado años, vidas. El viento que me eriza la piel ahora llega frío, casi helado. Me destempla y me aísla completamente  en un microclima que existe sólo en mi cuarto. Afuera sólo corre un calor húmedo, áspero y pegajoso. Pero acá, gracias al aire acondicionado, puedo sentirme a salvo. Y digo gracias porque conseguir un aire acondicionado en un hotel de India por sólo 400 rupias es casi un milagro. Y es la primera vez que ese milagro se materializa en todo mi viaje por este país. Y, vale decir, que con 49° de sensación térmica todos los días uno aprecia y disfruta esa comodidad como si fuera única. Como si la vida dependiese de ese aparato ruidoso que revuelve viento helado una y otra vez. Constantemente, sin parar siquiera para descansar, y logrando así crear un oasis dentro del infierno terrenal que pueden ser las calles de Varanasi.

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Con hermanos es mejor

De alguna manera y después de tantos meses le había agarrado el gusto a viajar solo. Estar solo. Fueron muchos días, horas, minutos y segundos de vivir dentro de mi enorme egoísmo, sólo para mí, con la única preocupación de contentar mi ego y sin depender de otro. Me había acostumbrado y había logrado sin darme cuenta aprovechar al máximo esa soledad que me rodeaba.

Era muy fácil: cuando quería estar solo; me aislaba de todo, buscaba un lugar alejado donde nada ni nadie pudiera molestarme y me hundía en un profundo y cálido autoconocimiento. Vivía para contentarme. Sólo eso importaba. Pero cuando la soledad atacaba mis entrañas y un sentimiento parecido al de extrañar empezaba a merodear y molestar mi felicidad, me refugiaba en un hostel lleno de personas y buscaba un compañero/a de viaje. Quizás algo descartable. Por unos días, unas semanas. Alguien que quizás nunca más volvería a ver. Una oreja que me escuche de tanto en tanto, una sonrisa para compartir alegrías, unos brazos para un abrazo e infinitas ganas de compartir una cerveza. Sólo eso. No era mucho pero bastaba y me daba las fuerzas para volver a mi faceta ermitaña con muchas más energías.

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